sábado, 15 de diciembre de 2012

Requiem

La vida es frágil, pues. La que late dentro de ti justo ahora que tienes qué despedirte a través del cristal, esperando que la clave morse de tu amor adolorido le llegue al incauto que quién sabe dónde anda, porque ese fulano pálido del ataúd no se parece en nada a tu hombre, al hombre que te dejó una hija prendida al corazón y otras vísceras más o menos importantes.

La de tu hombre, la tuya propia, también lo es. La suya, impresionantemente frágil, porque sólo necesitó un muro de contención y un mal cálculo para dejarte en la oscuridad. Aún no lo sabes, desde luego. Eso sólo podrás entenderlo una vez que duermas en tu cama vacía, que su ausencia te golpee sin previo aviso a las once de la mañana en los pasillos de ese lugar que a fuerza de humanidad hemos convertido todos en casa, en lecho, en tumba.

Tu amor era tan legítimo como el que más. Necio, irracional, imposible. Resistente hasta a la indecisión del hijo de toda su puta madre que lo único bueno que alcanzó a dejarte fue una huérfana, refugiada debajo de tus costillas. Ni siquiera te dejó el derecho a llorarlo en primera fila, porque ahí está una desconocida que no parece enterarse de nada y lo entiende todo. Hubo que pasar a la calle, a ese funeral extraoficial que se hizo a base de los que vivíamos en la otra parte de su mundo. Cada viuda tuvo su cortejo. Y era tan extraño saber que esto era más real, que lo único auténtico de su vida fue la sombra, fuiste tú.

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