Le debo una gratitud sola a la literatura (a la de los otros, por supuesto): ni en mis momentos más abyectos me ha dejado completamente sola.
Ha descendido conmigo a los infiernos de las madrugadas frías, intoxicada de cualquier cosa, desnuda, a merced de un extraño. Y me ha guiñado, cómplice, un ojo, como diciendo: se puede ir más allá.
También en esos instantes -tan raros, tan lejanos- en que el mundo parecía tener sentido, tuvo la decencia de hacerme entender que hubo otros locos, borrachos de amor y estupidez, que sacrificaron su última ingenuidad al sangriento dios del deseo, que escondía cuchillos afilados bajo lo que parecía un lecho de héroes. Y supe, de antemano, que cada mísera gota de felicidad se paga al doble.
También ha pintado mi deseo más terrenal con la misericordia de la desesperación. Cada paja, que no hubiera sido más que eso: una paja triste y solitaria, se tiñó de un humor extraño, cuando supe que hay otros mil obsesionados con esos minutos de muerte que seres fantasmales les regalaron.
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