Dios estuvo muy cerca y muy lejos, alternativamente.
Muy cerca, cuando tenía diez años y me sabía el catecismo, el misal y exploraba ese viejo libro...
Muy lejos cuando no me sirvió de nada para enfrentar el desamparo y la violencia que estallaron con mi pubertad y me dejaron irremediablemente sola.
Después regresó en pequeñas apariciones en medio de desesperación e inmadurez. La Iglesia no. Se quedó en el mismo apartado de mi temor al narco y a los violadores en serie.
Hace unos años le hablé, cuando nadie más me quiso escuchar. Entré en uno de esos templos cuasi paganos en medio de una ciudad enorme y me derrumbé, pero no hubo confort, ni paz, ni un abrazo. Cuando mucho, medio metro cuadrado para tirarme al piso en público sin riesgo de ser enviada a alguna institución mental.
Muchas personas tienen a Dios en su mesa, en su cama, en sus crímenes. Creo que yo dejaré esa relación para el momento en que no quiera volver a asumir la responsabilidad de mis actos, para otro abismo como el de esa vez, en la que no pude sostener mis huesos y los dejé en el piso.
No creo que le importe...
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