sábado, 16 de marzo de 2013

Nico:

Cómo nos vas a hacer falta, bebé. Hasta cuando no sepamos que nos haces falta, cuando naveguemos por esta vida sin tu valentía y sin darnos cuenta del regalo de respirar. Todo se quedó en el aire, el pecho de tu mamá sigue llamándote, el corazón de tu padre, los brazos de tus tíos, las agujas de tejer de tu abuela, el gesto adusto y complacido de tu abuelo, se quedaron vacíos y en suspenso para siempre.
 
Las manos de tu papá te abarcaban completo, y era tan raro, ¿sabes? porque toda la esperanza de una familia cabía en uno de tus deditos. Mi luna y mis estrellas, Nicolás, pedacito de vida, cómo te soñamos, Nicolás. Mi arriba y abajo, hijo de mi hermano, hijo de todos los que te esperamos para quererte como a nadie, como a uno de nosotros.
 
Nos encontramos en la irrealidad de tu despedida, de tus mejillas perfectas con la sombra de la ausencia. Tú ya estabas no sé en dónde, pero muy lejos, Nicolás, cuando me acerqué a tu caja blanca sin más adornos, porque así lo quiso tu padre, porque quiso que viera lo perfecto que eras antes de que lo último de ti quedara en el frío.

Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.

Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.

Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.

lunes, 11 de febrero de 2013

miércoles, 23 de enero de 2013

Se llamaba Toshiro Mifune. O eso entendió Pablo.

Yo te puedo decir que usaba camisas caqui que le quedaban chicas. Como para que un eventual narrador, fascinado por su aparición a contraluz, al final del pasillo, dijera "el uniforme de la prisión le venía pequeño". Pero la verdad de las cosas es que en la cárcel del Estado no te dan uniforme, sólo te reducen a todos los tonos de beige, como para que te vayas olvidando de quién eras antes de que todas esas puertas se cerraran a tus espaldas. De dónde saques la ropa para cumplir con esa regla, no era problema de los custodios ni del director del Cereso.
 
Si consideras que era 2006 y él tenía encerrado desde 1980, quince años en una cárcel federal y once más en Puentecillas, o sea veintiséis años de sobreviviente, seguramente ya podía escoger qué ponerse, entre la ropa que reparten las almas piadosas y la de presos más débiles. Así que, con toda seguridad, usaba camisas pequeñas para alardear los músculos del encierro. La coleta, los ojos entornados y el gesto adusto le daban un extraño aire de samurai, una figura de ficción entre todos esos fantasmas anónimos, todos iguales, todos irremediablemente marcados.
 
Fanfarroneaba. Parte de su rutina era 'recibir' a los nuevos, extorsionarlos y dejar claro que los que rifaban en ese mundo venían de las entrañas de Almoloya. Por eso siempre me preguntaré cómo es que mi hermanito, de ojos de cachorro y recién salido de la adolescencia, aguantó la brutalidad inicial (y son mis pesadillas aquí las que reemplazan al lenguaje; yo sólo podía pensar en mi niño hecho un santocristo, muerto de miedo y llorar y rezar y morirme, porque no alcanzaba todo mi amor y mi pena para protegerlo de la oscuridad que lo devoraba) para convertirse en un camarada más del patio al que salía para aliviarse el dolor de las moraduras.
 
Así escuchó la historia de Toshiro, el mexicano-japonés que fue un joven sicario allá en la época dorada del PRI.
 
-Era muy buen negocio, mi Harry. Cien mil por un cristiano, doscientos por un puerco. Empecé de morrito y ya a los veinte hice mi casa. Bien chingona. Tenía vidrios blindados, aguantaban un calibre 50 sin pedos. Cuando fueron por mí, me asomaba por las ventanas y me reía en la cara de esos pendejos. Se les acabó la munición y no quebraron ni uno.

-¿Y cómo fue que acabaste aquí?

Sentí cómo goteaba la salsa de la flauta a medio camino de mi boca. El silencio se espesó sobre la mesa de plástico, de manera que el crujido de la tortilla frita sólo se hizo más incómodo. Las épicas particulares no pueden ser arruinadas de esa manera. No por señoritas ojerosas que visitan los domingos, con una bolsa de mandado llena de comestibles y cigarrillos.

Aún así siguió su relato.

-El pedo fue que tenía un pasadizo, un túnel para escapar. Y los puercos sabían de eso. No sé cómo se enteraron, porque me tuve qué tronar a todos los albañiles de la construcción para que no fueran a chivatear. Sentí gacho, pero ps no había de otra. Igual alguien rajó.

Fue después de que me chingué un pinche guacho. Bueno, no un guacho cualquiera, era un tenientito que no había cumplido su chamba pero seguía cobrando su lana. Yo que sé. Nunca manejé guachos, porque son como los perros, Harry. Matas uno y se te va la jauría encima. Pero me ganó la ambición. No te voy a decir cuánto, pero era una feria, y pues llegué en la moto, lo tenía medido, pum, pum y ya. Fácil, afuera de un putero, buenas noches y adiós.

Pero no, a los días tenía los puercos a las puertas de mi casa. Doce horas aguantó el portón del túnel. Cuando entraron por mí, estuve a punto de pegarme un tiro, pero me apendejé. No sé si era la puta edad o el miedo o que todo fue muy rápido, pero me agarraron. El licenciado se chingó la lana, el tiempo fue pasando.

Y ya. Sesenta años, nomás. Homicidio de funcionario público y los que se fueron acumulando, porque les faltaba a quién echarle la culpa de otros angelitos. Algunos sí, otros no me acuerdo. De todas formas les salgo debiendo, porque no era de a uno ni dos a la semana. Así es el pedo, así toca. Ya no supe nunca quién fue el que me chingó. Pero igual, he vivido más tiempo adentro que afuera. ¿Si es cierto lo de los celulares?


 
 
 
 
 
 
 

viernes, 4 de enero de 2013

Dude, you make me sick.
Literally, I want to throw up if I think you still exist.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Que nos sea dada la fiesta, el frío del gozo. Que nos sea dado el adulterio, placer de los que se van, de los que huimos hasta de nuestra sombra.

Nosotros, mentirosos ante el espejo, noches ha, desacralizamos todos tus juramentos.

Ahora que eres otra sombra sin nombre, puedo sencillamente estremecerme con el recuerdo de esa certeza de muerte que me invadía cada vez que tú, implacable, me arrojabas al abismo del orgasmo.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Requiem

La vida es frágil, pues. La que late dentro de ti justo ahora que tienes qué despedirte a través del cristal, esperando que la clave morse de tu amor adolorido le llegue al incauto que quién sabe dónde anda, porque ese fulano pálido del ataúd no se parece en nada a tu hombre, al hombre que te dejó una hija prendida al corazón y otras vísceras más o menos importantes.

La de tu hombre, la tuya propia, también lo es. La suya, impresionantemente frágil, porque sólo necesitó un muro de contención y un mal cálculo para dejarte en la oscuridad. Aún no lo sabes, desde luego. Eso sólo podrás entenderlo una vez que duermas en tu cama vacía, que su ausencia te golpee sin previo aviso a las once de la mañana en los pasillos de ese lugar que a fuerza de humanidad hemos convertido todos en casa, en lecho, en tumba.

Tu amor era tan legítimo como el que más. Necio, irracional, imposible. Resistente hasta a la indecisión del hijo de toda su puta madre que lo único bueno que alcanzó a dejarte fue una huérfana, refugiada debajo de tus costillas. Ni siquiera te dejó el derecho a llorarlo en primera fila, porque ahí está una desconocida que no parece enterarse de nada y lo entiende todo. Hubo que pasar a la calle, a ese funeral extraoficial que se hizo a base de los que vivíamos en la otra parte de su mundo. Cada viuda tuvo su cortejo. Y era tan extraño saber que esto era más real, que lo único auténtico de su vida fue la sombra, fuiste tú.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

A veces, de verdad, odio a todos. No estoy segura de qué tan normal sea.