Cómo nos vas a hacer falta, bebé. Hasta cuando no sepamos que nos haces falta, cuando naveguemos por esta vida sin tu valentía y sin darnos cuenta del regalo de respirar. Todo se quedó en el aire, el pecho de tu mamá sigue llamándote, el corazón de tu padre, los brazos de tus tíos, las agujas de tejer de tu abuela, el gesto adusto y complacido de tu abuelo, se quedaron vacíos y en suspenso para siempre.
Las manos de tu papá te abarcaban completo, y era tan raro, ¿sabes? porque toda la esperanza de una familia cabía en uno de tus deditos. Mi luna y mis estrellas, Nicolás, pedacito de vida, cómo te soñamos, Nicolás. Mi arriba y abajo, hijo de mi hermano, hijo de todos los que te esperamos para quererte como a nadie, como a uno de nosotros.
Nos encontramos en la irrealidad de tu despedida, de tus mejillas perfectas con la sombra de la ausencia. Tú ya estabas no sé en dónde, pero muy lejos, Nicolás, cuando me acerqué a tu caja blanca sin más adornos, porque así lo quiso tu padre, porque quiso que viera lo perfecto que eras antes de que lo último de ti quedara en el frío.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.