lunes, 1 de febrero de 2010

Memento barato

Vi la foto y recordé todo: el mar era tan inocente y la felicidad tan absoluta, con cada caguama y cada fumada de no sé qué.

Yo era bastante joven hace dos años. El mar era mío y me curaba de todas las ausencias imaginarias. No había algo que no pudiera tolerar entonces, nada que detuviera las sensaciones aleatorias que me acosaban.

No sé; soy una profesional de la nostalgia. Puedo añorar esas gafas y esa arena que se me quedó en las orejas dos semanas después de regresar, aunque me haya quedado sin dinero y durmiendo en una tienda con seis extraños (que incluían una noruega deprimida y muda).

Ya no creo que haya sido mejor entonces, sólo que mis elecciones me han llevado a lugares extraños, que nunca pretendí conocer.

Ha sido un par de buenos años. Sólo que en noches como esta, me da por creer que yo no soy yo, que mi esencia se diluyó entre la seguridad y los kilos extra. Todavía me quedan las pesadillas.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Chale

O santa cachucha, no sé. Esta semana, pa' no variar, ha sido un congestión de odios y estreses varios y terribles. Y de hueva. Y vale madre, ¿no?
Me siento en una canción de Molotov. Barata, grosera, odiosa y llena de razón. De razón sobre cosas ultra-archi-mega pendejas. Sobre oficios sin corregir, circulares tardías y estupidez ajena, que nomás hace más evidente la mía.
A uno le enseñan a minimizar sus penas. A los burócratas -como tengo el deshonor de ser-, más que a todos. Porque no tenemos chiste, trabajamos entre puros pinches papeles aburridos, nos vestimos mal y para colmo nuestro salario viene de los impuestos (cuando nos pagan, of course). Entonces ¿de qué se puede quejar, válidamente, un burócrata? ¿Del jefe que ya está perdido para el mundo y sus esperanzas gracias a su autismo-megalomanía? ¿De las compañeras que tienen el doble de tu edad, la mitad de tu preparación , el triple de tu sueldo y el cuádruple de tu ineficiencia? No sé. Los burócratas nunca han tenido el derecho a quejarse.
Entonces no vale encerrarse en el baño a chillar por la cajetiza más inmisericorde e inmerecida de la vida. El show se acaba el viernes y ya. La demás gente sí tiene problemas reales, hijos, tesis, novelas, depresiones, parientes, todos más importantes que cualquier mamada que haya podido pasar entre ocho y tres (en mi caso, entre siete y media y once... de la noche).
Las tormentas en conitos de papel son eso, no importa cuánto te hayan hecho desear romper a batazos dos tres vidrios. Y no importa que la renta salga de tu bolsillo... tus preocupaciones son pendejadas y se acabó.
Evidentemente, soy una persona detestable.
Y, sí, una pinche burócrata con pedos de redacción.
A la verga, es viernes ¿ y qué? hoy sí me puedo poner una peda.
Amén...

viernes, 4 de diciembre de 2009

Debería tener un blog emo. Me siento chiquititita ahora, como que la chamba y yo no somos compatibles después de todo, tal vez debería probar otra cosa... na. Me gusta el varo, la estabilidad, el reto.

Lo que no me gusta es esta sensación de monocromo y pérdida total de la infancia sin reembolso. No sé qué día del mes es hoy, pero puedo culpar al antibiótico (cariño, no soy yo, son todas las madres que me meto). Mi depre química apenas empieza y son las ocho y media de la mañana. No hay tos: normalmente se cura con más puto estrés.

En días como hoy extraño ser mesera. Por lo menos no toda la gente allá te hace jetas espantosas, o, ya de jodido, no son las jetas de diario. Estoy cansada y friolenta y es diciembre y el mundo es feo y yo soy tan correcta.

Quiero otro tatuaje.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Quizás sea un poco feliz ahora. Por un rato, en esta pequeña burbuja donde mi confort es sólo mío...

Afuera hace frío. Puede esperar, mientras danzo en pijama y me imagino que no dolerá.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Hay gente en este edificio que no soporta pensar que fue concebida por gente que no terminó la primaria, o que antes de usar camisas de mil pesos en este trabajo pretencioso y pedero tuvieron que servir café o empacar cosas.


Hoy, esas penurias (y más que las batallas, el soundtrack) me ayudan a recordar quién soy, que no nací aquí, que no pertenezco... que siempre sabré tocar el piso.


Ahora voy a hacer esa pinche reclamación.

Es tan extraño...qué normal soy, con este odio a mi gremio.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Diosito me va a castigar si sigo viendo pendejadas en internet en vez de ponerme a trabajar.

Qué error de mi jefe asegurarme que ya no me quiere correr...

jueves, 12 de noviembre de 2009

Dolores

Probablemente hubiera toda suerte de presagios negativos en ese nombre. Cuando llegó a los dieciséis años, se había construido una identidad basada en sus desgracias.

Las había mayores (quedarse embarazada y en la calle a los quince), relativas (parir una niña) y cotidianas (la lata de cereal había subido casi al doble). Hubo hombres, noches, drogas, vírgenes y santos, miedos.

Ya que se fabricó una vida más o menos estándar, un día descubrió que estaba sentada en la consulta de un psicólogo bonachón, que la encomiaba a sonreír ante su vida. Lo había logrado y le pedía, simplemente, permitirse aceptarlo. Podía hacer una lista: consiguió trabajo, hogar y educación, sin que la criatura que arrojó al mundo hubiese sufrido demasiados percances al respecto.
¿Y qué? Tantas batallas la dejaron sin sentido. Su felicidad tenía el regusto amargo de cada noche en vela, sintiéndose sola, putamente sola, con llantos y fiebres como cualquier drama, nada que no cupiera en su imaginación maltratada.
Eso era ella: una guerrera. La música que le gustaba, los valores que la sostenían, todo ello daba por sentado heridas, dificultades, esfuerzos de mito griego. Ahora, sin enemigos qué abatir, sus propios chistes ácidos carecían de alma. Le pedían que bajara la espada, pero como todo soldado envejecido, a sus veintiocho años no conocía más forma de vivir que tener la guardia en alto.
Hay mujeres así, lo fácil no les va. Les aprieta como pantalones doble cero. No es una suerte de masoquismo, es más bien que no todo mundo puede andar por la vida repartiendo caritas felices y lacitos rosados.
El terapeuta se desesperó ante su silencio -un poco, lo suficiente para aún poder cobrar la consulta- y le dijo que tenía que ser capaz de aceptarse feliz.
Feliz. Feliz es una palabra tan hueca, suena como a gente que le pagaron la universidad y aún así se hacía a la vagancia. Ella era feliz, a su modo oscuro, con los demonios que de cuando en cuando todavía la hacían llorar.
Feliz era olvidar, en cierta forma, cómo había atravesado el infierno y vivido para contarlo. Feliz era normal, regordete, tolerante. Habría tenido que nacer de nuevo, llamarse Claudia o Patricia o Graciela, tener la barriguita llena y una madre dulce. Tendría que hacerse toda otra vez, dejarse caer y confiar.
Todo esto era demasiado complejo para compartírselo a un extraño que escucha por hora, así que pagó la consulta y salió a vivir su vida. Lloró un poco, pero supo que así estaba bien.