Creo que no sería una persona tan espantosamente depresiva, si fuera un poquito más consciente de los seres humanos a mi alrededor. No sé exactamente de dónde viene la depresión, pero hay algo con los sábados en la tarde que me hace pasar revista a mis años sobre la tierra para concluir que son espantosamente pobres y maltrechos, encabronadamente solitarios y algo tristes.
Pero, como antídoto al suicidio que bien podría ser la consecuencia necesaria de esas mañanas implacables, que me hacen mirar horas inútiles a la ventana, veo a los otros. ¿Cuál sería la traducción correcta para 'struggle'? No sé, pero todos lo hacemos. Al menos, todos en esta esquina del mundo, y en las que me ha tocado asomarme. Buscamos sin encontrar, perdemos, ganamos y creemos; sobre todo, creemos que ganamos y que perdemos algo. Le ganamos unas cuantas horas, de vez en cuando, a la náusea, que acecha en las horas tranquilas, las horas sin rumbo. Estoy segura que hay gente, como Enzo, que nunca ha leído a Sartre y le vale madre. No lo ha leído, pero lo vive. Por eso es que el mundo se concreta a la pantalla de su teléfono, donde por obra y magia de una aplicación, desfilan rostros, penes y cuerpos siempre nuevos, siempre los mismos, siempre dispuestos a espantar el fantasma de la autoconciencia.
Desde luego que podríamos hacer otras cosas. Plantar un árbol, construir un mueble, cocinar un pastel. Pero quizá tome demasiado esfuerzo. Quizá se me mueran las plantas, nunca haya aprendido a usar herramientas y el horno me provoque escalofríos. Quizá nada sea tan efectivo como los otros para sedarnos plácidamente.
Yo siempre creí que el fin del dolor de existir sería un compañero. Lo busqué mucho y lo despaché con igual ahínco. Me hice una coraza y siempre dejé entrar lo que me hiciera más daño, como para empezar a comerme desde las meras entrañas. Siempre evadiendo la pregunta de los ojos de esa niña que me mira fijamente desde el vapor del espejo en el baño.
Igual que yo, todos buscan y todos evaden. Siempre yendo hacia algún lado, necesitando. Como la mujer en sus 30 que busca una identidad nueva en objetos lujosos, porque no pudo saber quién era después del divorcio. Como el joven-niño que toma sus días y los pasa lentamente, ajeno al mundo y sus exigencias, mientras contempla al Buda sonriente. Ella sueña con un sastre Channel y él con la lejana China. Ambos creen que la felicidad, la paz, el destino están a miles de pesos o miles de kilómetros, pero igualmente lejos.
Yo escribo para que las horas no se resbalen en la ventana. Para saber que estuve, que sentí. Para ver si un día me perdono por no saber estar sola. Por buscar, por querer, por necesitar a los otros.
Hoy se me ladea la carga, y pienso y me aterrorizo más que nunca. No sé si al menos vaya a conocerte, hijo mío. Te pido perdón, porque eso de andar trayendo gente a la existencia es una grosería tremenda. Aquí te cargo. Aquí te espero.