O santa cachucha, no sé. Esta semana, pa' no variar, ha sido un congestión de odios y estreses varios y terribles. Y de hueva. Y vale madre, ¿no?
Me siento en una canción de Molotov. Barata, grosera, odiosa y llena de razón. De razón sobre cosas ultra-archi-mega pendejas. Sobre oficios sin corregir, circulares tardías y estupidez ajena, que nomás hace más evidente la mía.
A uno le enseñan a minimizar sus penas. A los burócratas -como tengo el deshonor de ser-, más que a todos. Porque no tenemos chiste, trabajamos entre puros pinches papeles aburridos, nos vestimos mal y para colmo nuestro salario viene de los impuestos (cuando nos pagan, of course). Entonces ¿de qué se puede quejar, válidamente, un burócrata? ¿Del jefe que ya está perdido para el mundo y sus esperanzas gracias a su autismo-megalomanía? ¿De las compañeras que tienen el doble de tu edad, la mitad de tu preparación , el triple de tu sueldo y el cuádruple de tu ineficiencia? No sé. Los burócratas nunca han tenido el derecho a quejarse.
Entonces no vale encerrarse en el baño a chillar por la cajetiza más inmisericorde e inmerecida de la vida. El show se acaba el viernes y ya. La demás gente sí tiene problemas reales, hijos, tesis, novelas, depresiones, parientes, todos más importantes que cualquier mamada que haya podido pasar entre ocho y tres (en mi caso, entre siete y media y once... de la noche).
Las tormentas en conitos de papel son eso, no importa cuánto te hayan hecho desear romper a batazos dos tres vidrios. Y no importa que la renta salga de tu bolsillo... tus preocupaciones son pendejadas y se acabó.
Evidentemente, soy una persona detestable.
Y, sí, una pinche burócrata con pedos de redacción.
A la verga, es viernes ¿ y qué? hoy sí me puedo poner una peda.
Amén...