¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte, todos, de tus andanzas? Sigue con tus movidas, reina, pero no quieras que me pase la vida pagándote fianzas...
Joaquín Sabina
“Princesa”
-Te digo que no hay problema.
-¿Pero ya viste el periódico? Si te atoran, ahí te quedas. Diez años, quince, no manches.
-Es que necesito el varo. Y es una buena feria por un ratito, aparte, dices que nunca te checan bien allá adentro. El jueves trabaja Alicia. Dile que haga paro.
-No, ella no hace esos bisnes, no la comprometas, no chingues. Si lo vas a hacer, ni le digas. No te la lleves entre las patas.
En mala hora le conté a Mayra que estabas en el bote. Y presentarle a Ramón... en qué cabeza cabe,carnal. Ladrones y putas nada más hace dos mil años hacían cosas de provecho juntos. Hasta fundaron una secta que es poderosísima hoy día... pero ni hablar. Mayra y Ramón, yo en medio. Ni ser mujer me salva de que otra mujer pueda utilizarme. Tú sabes cómo está la cosa allá adentro; ya sé que la regué cuando le conté, pero qué quieres, si cada bocanada que exhala me duele y me quema entera, si me hace sentir suya y distinta, si toda ella es canela resplandeciente, toda, menos esos ojos negros que brillan, en medio de luces rojas, inyectados de alegría barata, de a dos pesos,chiquito, por que con ella se paga las drogas y la peda...
Ahora te cuento por que no sé qué hacer. El Ramón era camarada, venía del Cumbres, un vato a toda madre, como tú dices. Todas las veces que nos hizo el paro, que te cubrió las espaldas sin pedir nada, ni siquiera aceptaba las cocas que le queríamos pichar, ¿te acuerdas? cuando los dos estaban adentro. Ahora, ya afuera, le presento a esta niña, ni modo de decirle que anduve con ella, ¿verdad? Se la liga, primero la padrotea y después, el hijo de la chingada viene y le pide que meta piedra al Cereso en la vagina...que al fin no es banda pesada... ¿tú crees que es justo? Y es que antes, cuando tú estabas allá, ni siquiera quería acompañarme al picnic de los domingos... que por que le deprimía, que su jefe había estado en Lecumberri, que las orejas del muerto. A fin de cuentas, el hermano era mío, y no más.
Ahora ella tiene a su hombre, que mira, a mí finalmente, no es que me dé lo mismo, pero me ha pasado lo mismo tantas veces que ya no es novedad el dolor. Pero me sigue llamando, me sigue buscando cada vez que aquél cabrón se la madrea, que la corre. Y esa cara de niña, con la redondez de sus mejillas magullada por los golpes, y sus lágrimas, y su amor en pago, todo ahogándome, por que no conoce otra forma de agradecer por más que le diga que aquí estoy, que no necesito más que poder ayudarla, que no me confunda más, que no me hiera. ¿Qué hago, carnal? ¿Qué le digo ahora que su ladrón se volvió narco y no le importa dejarla encerrada media vida por veinte mil pesos?
...
Esa mañana, ventosa y nublada, pintaba bien, era mejor que el calor, en todo caso. Demasiado bien. Había dormido sin interrupciones por primera vez en varias semanas, me preparaba para ir a trabajar, desayunaba, leía el diario. Tu proceso estaba por terminar, con sentencia absolutoria o suspensiva, en el peor caso. Ya podíamos comenzar a olvidar, a tejer sueños nuevos, a reírnos un poco, a construir nuestras mitologías, y poner atención a las cosas que nos rozaban con su promesa de alivio. ¿Qué bonito no? Enumerar las bienaventuranzas después de la tormenta.
Por supuesto, no podía durar. Por eso, a las ocho de la mañana sonó el timbre y era ella. Sin maquillaje, sin tacones, sin minifalda. Me extrañó verla así. Pero entonces caí en la cuenta de que habían pasado dos semanas desde nuestra última conversación. Ése era el día; ¿a que venía entonces? Puta, diablo, princesa, diosa. ¿A qué venías?
- Quiero estar segura de que si algo pasa, tú me vas a ayudar.
-Ya te dije que si te atoran, te chingan. Ese delito no tiene beneficios.
-Ya vas a empezar. ¿No me sacaste la vez de las grapas? Ni un día duré...
- Eras primodelincuente, te catearon de forma ilegal, y no era en la cárcel. Eso está pendiente de resolver todavía. Nunca te voy a dejar sola, pero no soy Dios; ni siquiera un juez. No vayas, ya deja ese cabrón, tienes veintitrés años...
-Ash, ya sabía que eres puro cuento. Tú y tu carrera, tus libros. Me das una güeva tremenda, reina. Me voy a hacer pasta. ¿No querías que me saliera de puta? Pues en eso estoy, ¿eh? Nos vemos al rato.
Me puse a llorar y todavía no pasaba nada. Lleva dos años allá adentro, le faltan cuatro. Y los domingos de día de campo, soy su única compañía. Hace mucho que no la amo. Pero merece que al menos yo no la abandone.¿Tú que piensas, carnal?