jueves, 12 de febrero de 2009

Ahora resulta...

  1. Que aparentemente, el amor verdadero existe (ajá, y no estoy diciendo que yo esté en la linda historia).
  2. Que no me van a correr de este trabajo (aún).
  3. Que mis amigas de secundaria no me han olvidado (snif, snif, pero ¿nueve años? gimme a break!)
  4. Que soy una atention hooker.
  5. Que mis cuatro kilos de más ya me hicieron merecer piropos incómodos (gracias, amables integrantes del servicio de limpia municipal).
  6. Que no soy capaz de hacer una síntesis histórica (por más que yo diga que no explicó bien como quería ese pinche resumen).
  7. Que quieres un tiempo (asombro ojiabierto y perplejo, si no es que pendejo).
  8. Que no sabes cuánto, en serio cuánto te pinche amo.
  9. Que la perra ya no me quiere (la mascota, aquí no hablamos de parientes, ok?)
  10. Que escribo entradas con puntos, como si quisiera poner en este blog todo el orden que no tengo en mi cabeza.

Y sí, que soy una pendeja (plagiando una vieja entrada de la Princesa), y que no entiendo cómo se mueve el mundo, porque otra vez me tiró con sus pinches vueltas. Y que, neta, no me hago. No tengo muy desarrollado el arte de fingir. En realidad no sé que pasa.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Reglas infalibles para triunfar en cualquier trabajo de oficina

Después de varios años de leer la Cosmo en busca de las respuestas a las preguntas fundamentales en la vida (como amarrar un buen marido, ser rica y tener un trabajo chingón por el que te paguen una millonada y que sólo implique trabajar tres horas), me di cuenta de que no todos los estándares pueden estar tan arriba. Algunos seres humanos -después de arduos, vanos y dolorosos intentos por ser verdaderas chicas cosmo- nos conformamos con que no nos echen a patadas de ese trabajo carente de sentido que odiamos, pero que paga la renta y las chelas. Así que, después de meses de observación y de regaños condescendientes y absurdos, he llegado a la conclusión de que para progresar -o al menos conservar- un trabajo de escritorio medianamente pagado, hay que seguir las siguientes reglas:

  1. Llega ridículamente temprano y vete lo suficientemente tarde (o sea, justo después del jefe). No importa si no estás haciendo nada relacionado con tu trabajo, parecerá que siempre tienes un estresante e importante proyecto en curso. Tus aportanciones al mundo del ocio en internet crecerán exponencialmente.
  2. Evita cualquier expresión que denote que no eres un mueble. Esto tal vez únicamente aplique en el caso de los jefes a quienes les molestan las funciones vitales ajenas. En la burocracia hay miles (no sé si en la fabulosa y salvaje IP sea distinto).
  3. Procura enterarte de los chismes. Normalmente tienen información más precisa que cualquier memo.
  4. Si descubres que tu jefe es un gay de clóset con gusto por los jovencitos hazte a la idea de que nunca podrás obtener un ascenso o al menos un contrato de seis meses gracias a tus encantos -más vale que entregues esos reportes bonitos y a tiempo.
  5. No parezcas más eficiente que los demás sobre todo si lo eres. Algunas personas darán por hecho que eres una pretenciosa intelectualoide, y eso no es nada bueno si dichas personas de hecho desconocen el significado de "pretenciosa intelectualoide".
  6. La aprobación de tu trabajo no depende de su calidad, sino de la del café que prepares, entre otros factores. Las peleas matutinas del patrón con su esposa son otro importante.
  7. Jamás expreses felicidad, la mayoría de los jefes no la soportan, y en verdad, harán cualquier cosa para quitarte esa sonrisa post coito de la cara.
  8. No llores. Este punto es en serio, y de hecho, lo he visto como en treinta y seis artículos de la Cosmo. Más que por dignidad, por el hecho de que se rumora que los jefes amargados hacen martinis con las lágrimas de oficinistas indefensos.
  9. No te tires a la nómina, salvo si tienes planes concretos para ese Mercedes o necesitas un ingreso extra.
  10. Conserva una profesión alterna, en estos tiempos de recortes de personal a lo bestia, nada como tener habilidades todoterreno. Un tip: hay que pensar en todas aquellas ocupaciones cuyos servicios serán requeridos por la humanidad así se esté muriendo de hambre: puta, mesera, bar-tender, plomero, masajista exótica, dealer.

lunes, 2 de febrero de 2009

Piratas

A veces extraño ser la escuincla flaca de hace nueve años. No sólo por lo flaca , sino también porque cuando tenía catorce años no sabía que iba a terminar como uno de esos perros que persigue coches (yo, de vocación felina).

Ayer alguien me dijo que soy capitana de un barco pirata, porque ando por los mares sin ruta, nada más pendiente de lo que puedo abordar, gastándome el tesoro en una peda -esto es inexacto, también compré un montón de cosas superfluas- sin un plan, ni siquiera un sueño en concreto. No sé si esa persona me describió, me insultó o intentó un halago, pero tiene -y odio que así sea- un chingo de razón.

Hoy lo escribo, sin tener una idea precisa del motivo de mi exhibicionismo: no tengo una meta en la vida. Por supuesto, hay miles y miles de cosas que quiero hacer, que me gustan, que me motivan, pero mal que bien ya llegué a ese bello punto en la vida en que uno nada más está esperando a qué hora se muere. Vamos, ni voy a escribir nada que en verdad me comprometa -porque soy bien floja-, ni voy a correr a salvar al mundo -porque soy comodina y miedosa-, ni voy a convertirme en lo que mi madre siempre quiso que fuera-porque no, sería el colmo, tanta escuela para acabar de ama de casa, iuk-, ni voy a enamorarme tanto de un hombre como ella, porque...pues porque soy como cien veces más egoísta y mamila.

La persona que me tildó de bucanera trató de rebatir esta apesumbrada conclusión asegurando que el sentido de mi vida parece estar en la búsqueda constante de la siguiente posición más cómoda.

Mal que lo diga, porque no quería huir.

sábado, 31 de enero de 2009

Princesa: Exhumaciones Parte III (la más fuckin dolorosa)



¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte, todos, de tus andanzas? Sigue con tus movidas, reina, pero no quieras que me pase la vida pagándote fianzas...

Joaquín Sabina

Princesa”

-Te digo que no hay problema.


-¿Pero ya viste el periódico? Si te atoran, ahí te quedas. Diez años, quince, no manches.
-Es que necesito el varo. Y es una buena feria por un ratito, aparte, dices que nunca te checan bien allá adentro. El jueves trabaja Alicia. Dile que haga paro.
-No, ella no hace esos bisnes, no la comprometas, no chingues. Si lo vas a hacer, ni le digas. No te la lleves entre las patas.

En mala hora le conté a Mayra que estabas en el bote. Y presentarle a Ramón... en qué cabeza cabe,carnal. Ladrones y putas nada más hace dos mil años hacían cosas de provecho juntos. Hasta fundaron una secta que es poderosísima hoy día... pero ni hablar. Mayra y Ramón, yo en medio. Ni ser mujer me salva de que otra mujer pueda utilizarme. Tú sabes cómo está la cosa allá adentro; ya sé que la regué cuando le conté, pero qué quieres, si cada bocanada que exhala me duele y me quema entera, si me hace sentir suya y distinta, si toda ella es canela resplandeciente, toda, menos esos ojos negros que brillan, en medio de luces rojas, inyectados de alegría barata, de a dos pesos,chiquito, por que con ella se paga las drogas y la peda...


Ahora te cuento por que no sé qué hacer. El Ramón era camarada, venía del Cumbres, un vato a toda madre, como tú dices. Todas las veces que nos hizo el paro, que te cubrió las espaldas sin pedir nada, ni siquiera aceptaba las cocas que le queríamos pichar, ¿te acuerdas? cuando los dos estaban adentro. Ahora, ya afuera, le presento a esta niña, ni modo de decirle que anduve con ella, ¿verdad? Se la liga, primero la padrotea y después, el hijo de la chingada viene y le pide que meta piedra al Cereso en la vagina...que al fin no es banda pesada... ¿tú crees que es justo? Y es que antes, cuando tú estabas allá, ni siquiera quería acompañarme al picnic de los domingos... que por que le deprimía, que su jefe había estado en Lecumberri, que las orejas del muerto. A fin de cuentas, el hermano era mío, y no más.


Ahora ella tiene a su hombre, que mira, a mí finalmente, no es que me dé lo mismo, pero me ha pasado lo mismo tantas veces que ya no es novedad el dolor. Pero me sigue llamando, me sigue buscando cada vez que aquél cabrón se la madrea, que la corre. Y esa cara de niña, con la redondez de sus mejillas magullada por los golpes, y sus lágrimas, y su amor en pago, todo ahogándome, por que no conoce otra forma de agradecer por más que le diga que aquí estoy, que no necesito más que poder ayudarla, que no me confunda más, que no me hiera. ¿Qué hago, carnal? ¿Qué le digo ahora que su ladrón se volvió narco y no le importa dejarla encerrada media vida por veinte mil pesos?



...


Esa mañana, ventosa y nublada, pintaba bien, era mejor que el calor, en todo caso. Demasiado bien. Había dormido sin interrupciones por primera vez en varias semanas, me preparaba para ir a trabajar, desayunaba, leía el diario. Tu proceso estaba por terminar, con sentencia absolutoria o suspensiva, en el peor caso. Ya podíamos comenzar a olvidar, a tejer sueños nuevos, a reírnos un poco, a construir nuestras mitologías, y poner atención a las cosas que nos rozaban con su promesa de alivio. ¿Qué bonito no? Enumerar las bienaventuranzas después de la tormenta.


Por supuesto, no podía durar. Por eso, a las ocho de la mañana sonó el timbre y era ella. Sin maquillaje, sin tacones, sin minifalda. Me extrañó verla así. Pero entonces caí en la cuenta de que habían pasado dos semanas desde nuestra última conversación. Ése era el día; ¿a que venía entonces? Puta, diablo, princesa, diosa. ¿A qué venías?


- Quiero estar segura de que si algo pasa, tú me vas a ayudar.

-Ya te dije que si te atoran, te chingan. Ese delito no tiene beneficios.


-Ya vas a empezar. ¿No me sacaste la vez de las grapas? Ni un día duré...

- Eras primodelincuente, te catearon de forma ilegal, y no era en la cárcel. Eso está pendiente de resolver todavía. Nunca te voy a dejar sola, pero no soy Dios; ni siquiera un juez. No vayas, ya deja ese cabrón, tienes veintitrés años...

-Ash, ya sabía que eres puro cuento. Tú y tu carrera, tus libros. Me das una güeva tremenda, reina. Me voy a hacer pasta. ¿No querías que me saliera de puta? Pues en eso estoy, ¿eh? Nos vemos al rato.


Me puse a llorar y todavía no pasaba nada. Lleva dos años allá adentro, le faltan cuatro. Y los domingos de día de campo, soy su única compañía. Hace mucho que no la amo. Pero merece que al menos yo no la abandone.¿Tú que piensas, carnal?


martes, 27 de enero de 2009

Auch

Tan terrible es el odio que ni te atreves a mostrarme tu desprecio...

sábado, 10 de enero de 2009

Exhumaciones (Parte II). Oliverio Girondo con estrógeno (que me perdone el argentino)

Te odio tanto, tanto, tanto. Y te envidio. Y me cagas la madre, porque te envidio. Sí, hoy es el día del veneno, hoy quiero plantar una bomba molotov en tu inodoro, desear que te laves el pelo con crema para depilar, que se te rompan los lentes de sol (bajo el camión de basura de las seis), que te corten la luz, que se te caiga un diente frontal y te salgan perrillas en los ojos.

Que te enamores de un cantinero transexual con pechos más grandes que los tuyos, que te acose un ex militar asesino y que te mande flores el tipo más culero que conozcas. Que se te acabe el gas a media ducha, que te obsesiones con la dependienta bigotona de la panadería y que no puedas dejar de pedirle una chancla usada para lamer (que ella te negará, por supuesto). Que te salgan espinillas en el culo, que te dejen con la cuenta en un restaurante caro, que le aflojes a un tránsito para corromperlo y que aún así te chingue una placa...

Pero sobre todo, ante todo...¡que te salga una verruga genital a modo de tapón, a ver si ya dejas de cogerte a mi vato!

lunes, 5 de enero de 2009

Like a friend

Las cosas en su vida eran más bien áridas, resecas como el municipio aburrido y polvoriento que le regaló los primeros tropezones. No que fuera malo, no que fuera peor que nada; su personaje se recortaba, nítido, entre la muchedumbre y había hecho un par de cosas aún calientes como para poder juzgar su trascendencia, pero suficientemente definidas como para otorgarle un lugar ante el mundo, un hueco donde refugiarse del futuro. Unas veces, el personaje era malvado y pedante; otras, más bien frágil y necesitado de brazos femeninos.

Entonces, apareciste tú. Con tu chamarra de reportera y tus gafas de pasta, dispuesta a lograr un amorío sin dar una sola cosa a cambio. Te gustaba dejarte retratar, ese escritor amargo y reconcentrado como planta desértica te convirtió en la musa-verdugo que movía sus dedos sobre la anacrónica máquina de escribir.

Llegabas a mi casa a horas indecentes, porque bien sabes -bien te dejé saber- que no duermo de noche. Entrabas envuelta en una sustancia ilegal, diferente cada vez, la misma junkie ingenua y pretenciosa de siempre. Tan desesperadamente hermosa, tan puta y tan egoísta. Tan borracha. Te abría la puerta con el ceño fruncido, con el corazón reventado de ansiedad y la certeza de que lo harías otra vez: te acabarías mis cigarros, te comerías mi nutella, me contarías del nuevo cabrón que te trajo aquí. Y yo sólo te alcanzaría un vaso más de refresco.

La cámara costosísima que te colgabas del cuello no te hizo nunca fotógrafa, pero tampoco te enteraste.

Me buscabas porque te gustaba el juego perverso de provocarme sabiendo que a las siete de la mañana me acostaría castamente junto a tu cuerpecillo delgado y extrañamente abundante en curvas, que fumaría en silencio sobre tu desayuno de agua mineral y que te haría el mismo gesto apesumbrado de despedida.

Tomábamos el mismo café en las tardes, enfrentados en el silencio del salón vacío. Su gesto dulce y torcido marcaba un círculo de silencio a su alrededor que las miradas de una mujer en tacones no podía quebrar. Así que sólo lo contemplaba, absorto y distante, un amor platónico a horario fijo. Tenía ojeras, la piel muy blanca, escribía furiosamente en un cuaderno empastado en piel, sorbía su café y juzgaba al mundo al mismo tiempo.

Me le acerqué con la tierra sobre mis zapatos, como se acerca una a los sueños perdidos. Me tomó por lo que soy: una burócrata de medio pelo. Claro, él era un intelectual ídem de ídem, pero qué le hago yo a mis gustos. Comenzamos a hablar sobre nuestras respectivas vidas, tarde con tarde, sospecho que por mera condescendencia de su parte.

Supe de tí.

Cuando me besaste, dejaste escapar una risilla tonta antes de dejarme clavado en el madero infame de ser tu amigo. Porque fue sólo un beso, unos labios tenues como polillas ebrias mojados en tu saliva, un aliento tibio, unos dientes pequeños y crueles que quebraron lo que me quedaba de seguridad frente a tus coqueteos.

Y como la mujer de pueblo que soy, me dio por envidiarte. Tenías a este raro hombre adorando las suelas de tus botas de diseñador, y tú tan fresca, con los modos y los vicios que mis padres no me consiguieron. Yo tan terrena y tú tan imposible, mujer.

Me besaste una vez, y me dejaste imaginando lo que sería este mundo si yo no hubiera decidido ser tanto como decidí ser, si tu me hubieras dejado retenerte un poco, si me hubiera atrevido a quitarte la ropa... como tantos, como muchos, como todos. Tú sabes, si hubiera podido a ser uno más.

No digas que lo sientes. Interrúmpeme siempre, animal extraño, rompe mi estabilidad las veces que te dé la gana, porque si quieres, sabes que soy tu amigo y que lo volvería a hacer. Confúndeme, hazme sentir vivo otra vez.

Por supuesto que yo nunca fui tú, que me quedé con mi café de las tardes, con el nudo en la garganta mientras escuchaba impasible su resignación y el inacabable tormento de que no acabaras de devorarlo. Me convertí en la cronista más gris de estos cuentos, donde ni siquiera salió algo bueno de mis noches de añorar lo que no me pasó jamás.

Come on and kill me baby, while you smile like a friend .