lunes, 5 de enero de 2009

Like a friend

Las cosas en su vida eran más bien áridas, resecas como el municipio aburrido y polvoriento que le regaló los primeros tropezones. No que fuera malo, no que fuera peor que nada; su personaje se recortaba, nítido, entre la muchedumbre y había hecho un par de cosas aún calientes como para poder juzgar su trascendencia, pero suficientemente definidas como para otorgarle un lugar ante el mundo, un hueco donde refugiarse del futuro. Unas veces, el personaje era malvado y pedante; otras, más bien frágil y necesitado de brazos femeninos.

Entonces, apareciste tú. Con tu chamarra de reportera y tus gafas de pasta, dispuesta a lograr un amorío sin dar una sola cosa a cambio. Te gustaba dejarte retratar, ese escritor amargo y reconcentrado como planta desértica te convirtió en la musa-verdugo que movía sus dedos sobre la anacrónica máquina de escribir.

Llegabas a mi casa a horas indecentes, porque bien sabes -bien te dejé saber- que no duermo de noche. Entrabas envuelta en una sustancia ilegal, diferente cada vez, la misma junkie ingenua y pretenciosa de siempre. Tan desesperadamente hermosa, tan puta y tan egoísta. Tan borracha. Te abría la puerta con el ceño fruncido, con el corazón reventado de ansiedad y la certeza de que lo harías otra vez: te acabarías mis cigarros, te comerías mi nutella, me contarías del nuevo cabrón que te trajo aquí. Y yo sólo te alcanzaría un vaso más de refresco.

La cámara costosísima que te colgabas del cuello no te hizo nunca fotógrafa, pero tampoco te enteraste.

Me buscabas porque te gustaba el juego perverso de provocarme sabiendo que a las siete de la mañana me acostaría castamente junto a tu cuerpecillo delgado y extrañamente abundante en curvas, que fumaría en silencio sobre tu desayuno de agua mineral y que te haría el mismo gesto apesumbrado de despedida.

Tomábamos el mismo café en las tardes, enfrentados en el silencio del salón vacío. Su gesto dulce y torcido marcaba un círculo de silencio a su alrededor que las miradas de una mujer en tacones no podía quebrar. Así que sólo lo contemplaba, absorto y distante, un amor platónico a horario fijo. Tenía ojeras, la piel muy blanca, escribía furiosamente en un cuaderno empastado en piel, sorbía su café y juzgaba al mundo al mismo tiempo.

Me le acerqué con la tierra sobre mis zapatos, como se acerca una a los sueños perdidos. Me tomó por lo que soy: una burócrata de medio pelo. Claro, él era un intelectual ídem de ídem, pero qué le hago yo a mis gustos. Comenzamos a hablar sobre nuestras respectivas vidas, tarde con tarde, sospecho que por mera condescendencia de su parte.

Supe de tí.

Cuando me besaste, dejaste escapar una risilla tonta antes de dejarme clavado en el madero infame de ser tu amigo. Porque fue sólo un beso, unos labios tenues como polillas ebrias mojados en tu saliva, un aliento tibio, unos dientes pequeños y crueles que quebraron lo que me quedaba de seguridad frente a tus coqueteos.

Y como la mujer de pueblo que soy, me dio por envidiarte. Tenías a este raro hombre adorando las suelas de tus botas de diseñador, y tú tan fresca, con los modos y los vicios que mis padres no me consiguieron. Yo tan terrena y tú tan imposible, mujer.

Me besaste una vez, y me dejaste imaginando lo que sería este mundo si yo no hubiera decidido ser tanto como decidí ser, si tu me hubieras dejado retenerte un poco, si me hubiera atrevido a quitarte la ropa... como tantos, como muchos, como todos. Tú sabes, si hubiera podido a ser uno más.

No digas que lo sientes. Interrúmpeme siempre, animal extraño, rompe mi estabilidad las veces que te dé la gana, porque si quieres, sabes que soy tu amigo y que lo volvería a hacer. Confúndeme, hazme sentir vivo otra vez.

Por supuesto que yo nunca fui tú, que me quedé con mi café de las tardes, con el nudo en la garganta mientras escuchaba impasible su resignación y el inacabable tormento de que no acabaras de devorarlo. Me convertí en la cronista más gris de estos cuentos, donde ni siquiera salió algo bueno de mis noches de añorar lo que no me pasó jamás.

Come on and kill me baby, while you smile like a friend .

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Exhumaciones (Parte I)

"Tú me decías: esto es el amor en su forma más pura. Y yo, no sabes (¿o sí?) cuánto me esforcé en creerte; pero nunca ví más que una convivencia desnuda. Algo, supongo, tuvo que ver la intermitencia del asunto...algo tendrían que ver las -siempre ausentes- manifestaciones pueriles de ternura. Porque sin todo eso, lo que tú te empeñabas en llamar relación -sobre todo cuando desaparecía de la noche llevada por otros- para mí era un uso crudo de mi cuerpo, y qué joven era entonces mi cuerpo. Sabes, una rara transacción de mis tristezas aplanadas contra tu sabiduría. Hombre, yo te creía.

'Eso no es necesario', dijiste tantas veces. No lo era ni la pasión de mis palabras ni los ojos del mundo sobre nosotros. 'Nosotros' no era necesario. Era más bien una palabra que compartías con una mujer que usaba un anillo idéntico al tuyo. ¿Qué le iba a hacer entonces? ¿Qué me quedaba sino la huida?

No vengas a decirme nada. No vengas a decirme que algo tuvimos y por dios, no te justifiques. No te odio, no me diste tiempo; pero déjame con el que arriesgo, con el que duele, con el que se atrevió a apostarle a mi inconstacnia. Déjame con el primer 'nosotros' verdadero de mi vida.

No estás viejo porque me lleves quince años. Lo estás porque ya no puedes creer en nada. No estás viejo, querido, estás muerto."

viernes, 5 de diciembre de 2008

Pretextos incoherentes

Ya se me acabó el café y también el pudor, esa sensación que te hace fingir que estás trabajando cuando en verdad te estás aventando el chisme de la mañana en los blogs - recurro a ellos cuando no quiero leer el periódico pero aún así quiero saber del mundo-.

Además, hoy tengo una extraña sensación de desnudez, fruto de venir a trabajar de mezclilla y tenis -unos tenis rojos que tienen más de la sexta parte de mi edad-. La cara lavada, los ojos dormidos y el pelo sucio... como que sin disfraz me siento una completa extraña, una equivocación en este lugar lleno de abogados. Porque, bueno, sea lo que sea y tenga los créditos que tenga, nunca me voy a convencer a mí misma de voltear cuando dicen: ¡licenciada! Más bien me considero mesera con aspiraciones. A veces mesera, a secas.

Es un poco vergonzoso el estado en que me encuentro. No estoy ni cruda como para justificar mi cara de güeva infinita, ni verdaderamente deprimida como para que deba irritarme la actitud positiva de la joven estudiante de leyes que rellena la carencia de su brazo derecho con amabilidad y un extraño perfume con olor a bebé -digo, tiene veinte años-.

Hoy es el día en que quiero alejarme del frío y tenderme en una playa michoacana, con una caguama y un cesto de pescadillas, volverme mesera de un bar en Vallarta, leer puras cosas inútiles y fugarme con una banda de hippies. Hoy es cuando me siento tan yo que me pica, tan culpable por floja, tan feliz por libidinosa.

Ayer alguien me decía que lo verdaderamente terrible de volverse ateo es que te cae el veinte de que, mal dejes de respirar, se acabó el show. Y cuando haces el corolario a los otros es aún peor, porque no importa en cuantas metáforas creas, ya los perdiste. No me cayó el veinte de la muerte, desde luego, pero definitivamente me puso a pensar en la vida... qué larga parece, pero qué pronto se acaba. No hay que desperdiciarla en pendejadas. Chingue su madre, me voy a la playa...


miércoles, 3 de diciembre de 2008

La cita de la semana

"Hay que ser muy inteligente para poder ser tan güevón..."

Anónimo (porque es mejor no quemar a nadie)

Pa cuando se ofrezca

Se me ocurren un montón de cosas por las que quise tener un blog. La verborrea, por supuesto, es una de ellas... una malograda vocación por decir que vino a torcerse tanto como para terminar aprendiendo a escribir sentencias.

Aún así, no me resigno a ser una ciudadana respetable y escribir puras cosas útiles, aprovechar el tiempo y ser productiva.

Una parte de mí cree sinceramente que el día que lo haga habré empezado a morir.

Por eso, y porque llevo más de cuatro meses hasta la madre de amor -no sé lo que pueda quedar de mi cuerpo después de ello-, sólo con tan pobre excusa, es que me atrevo a la piratería web:
(SensacionalD es el objeto de mis malas acciones)

She says she needs me, everybody is going to have to wait

Elbow publicó álbum este año, el fabulantástico The Seldom Seen Kid, que incluye una fabulantástica joyita, emocionante, divertida, pegajosa, sentimental y tremenda:

Acá, la línea que da pie a todo, como en el origen de las cosas. A veces hace falta ese nivel de felicidad en nuestras vidas. Son los gajes de andar por estos rumbos.

I have an audience with the pope
and I’m saving the world at eight.
But if she says she needs me,
she says she needs, me everybody is going to have to wait.

Quien ande a ese nivel, que pase la fórmula.


viernes, 14 de noviembre de 2008

El blues del estrógeno

Crecí entre un montón de gente cuyo segundo cromosoma X era cojo; como los míos están completos, tuve que entender que no era razonable ponerme a llorar por un anuncio de Metlife (ese donde la mamá se deshace en llanto después de entregar al niño a su primer día de escuela).


El mundo está regido por gente razonable, entonces. Hombres. Los que ponen esa exigencia idiota de que una no se vuelva loca cada treinta días (¡pero algún día...!)


Mucho tiempo he creído que Dios, en caso de existir, es un misógino de tiempo completo. ¿Qué otra cosa explicaría que cada mes pase cuatro días hipersensible, hinchada y deprimida? Eso sin mencionar el bajón de coeficiente intelectual, que no ayuda nada cuando tienes un jefe de inteligencia satánica y tendencia al autismo.


La vida es extraña, cuando no completamente triste. Hay cachorros perdidos por doquier, gatos abandonados, gente desesperanzada. Y el estrógeno es un lente que magnifica todo ello... la mejor explicación que alguien me ha dado al respecto, es que sin tanta pinche hormona, de seguro no habría nadie dispuesto a tolerar infantes -obstáculo severo para la subsistencia humana- lo cual hace que tenga algo de sentido el por qué puedo pasar dos horas comentando los detalles de la última fiesta infantil en la que estuvo mi sobrina de año y medio.


Aún así, no me gusta el estrógeno. No me gusta la debilidad, porque soy una miedosa sensible que tiene que jugar con las mismas reglas que los del cromosoma Y...

Y, bueno, porque tanto estrógeno hace que tampoco sepa muy bien cómo perder.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Basura

Me tomo la cerveza a tragos apresurados y largos.

De momento, soy un lienzo gris- no, más bien beige- sobre el que las cosas de los demás van dejando una embarradita de color, una marca de sus dolores y sus neurosis, hasta de sus pequeños placeres .

Un amigo -¿o era un amante? cuando una habla con ellos se hace difícil distinguir - me dijo que los blogs estaban bien mientras se tratara de chismorreo, pero cuando intentaban ha(sc) er literatura le parecían el intento más patético de un intelectual por ser leído.

Estoy de acuerdo, con la salvedad de que no me considero intelectual -patética sí, a veces-. También carezco de sistemática, y si no balbuceara on line, de seguro terminaría babeando servilletas (bueno, ya lo hago, pero probablemente lo haría más seguido en ese caso).

Las florecitas siempre me salen chuecas, pero me niego a poner la concentración necesaria en ellas para que salgan proporcionadas. Afuera, la gente forma nubes desde la nariz y la boca; una vez leí que parecían globitos de diálogo. En ese entonces me gustó la idea, ahora me parece una pendejada.

Mis manos se ven agrietadas alrededor de la porcelana, aspiro antes de emprender la rutina de equilibrista que implica servir un chocolate. Están agrietadas, en realidad. Tengo 23 años, y manos de sirvienta, pero leo a Simone de Beauvoir.

En una de esas tiene razón. Este mundo está lleno de historias baratas, de emoción fácil, como aquella del niño que se enamoró de la prostituta. Los blogs, supongo, son para los impacientes, para los indisciplinados -y para los exhibicionistas, diría yo-. Qué putada. Todos queremos ser especiales.


Me gusta cómo se me afila la cara con el frío, o la engañosa sensación de ello, al menos. Encima de las dos camisetas tengo un mandil, el cuello desaparecido bajo la bufanda. Saludo al esquizofrénico local para que me farfulle un augurio. Ahora dice algo sobre las vaginas, y yo me siento, por millonésima vez, como un personaje gastado en una obra absurda, que algún maniático decidió montar en el fondo de un barranco.

Sí, estoy vomitando basura. Lo peor, supongo, es saberlo y no frenarlo, no apretar el botón (esto es literal en el servidor éste) para desaparecer mis balbuceos. Lo admito: mi propia imbecilidad me enternece.