Las cosas en su vida eran más bien áridas, resecas como el municipio aburrido y polvoriento que le regaló los primeros tropezones. No que fuera malo, no que fuera peor que nada; su personaje se recortaba, nítido, entre la muchedumbre y había hecho un par de cosas aún calientes como para poder juzgar su trascendencia, pero suficientemente definidas como para otorgarle un lugar ante el mundo, un hueco donde refugiarse del futuro. Unas veces, el personaje era malvado y pedante; otras, más bien frágil y necesitado de brazos femeninos.
Entonces, apareciste tú. Con tu chamarra de reportera y tus gafas de pasta, dispuesta a lograr un amorío sin dar una sola cosa a cambio. Te gustaba dejarte retratar, ese escritor amargo y reconcentrado como planta desértica te convirtió en la musa-verdugo que movía sus dedos sobre la anacrónica máquina de escribir.
Llegabas a mi casa a horas indecentes, porque bien sabes -bien te dejé saber- que no duermo de noche. Entrabas envuelta en una sustancia ilegal, diferente cada vez, la misma junkie ingenua y pretenciosa de siempre. Tan desesperadamente hermosa, tan puta y tan egoísta. Tan borracha. Te abría la puerta con el ceño fruncido, con el corazón reventado de ansiedad y la certeza de que lo harías otra vez: te acabarías mis cigarros, te comerías mi nutella, me contarías del nuevo cabrón que te trajo aquí. Y yo sólo te alcanzaría un vaso más de refresco.
La cámara costosísima que te colgabas del cuello no te hizo nunca fotógrafa, pero tampoco te enteraste.
Me buscabas porque te gustaba el juego perverso de provocarme sabiendo que a las siete de la mañana me acostaría castamente junto a tu cuerpecillo delgado y extrañamente abundante en curvas, que fumaría en silencio sobre tu desayuno de agua mineral y que te haría el mismo gesto apesumbrado de despedida.
Tomábamos el mismo café en las tardes, enfrentados en el silencio del salón vacío. Su gesto dulce y torcido marcaba un círculo de silencio a su alrededor que las miradas de una mujer en tacones no podía quebrar. Así que sólo lo contemplaba, absorto y distante, un amor platónico a horario fijo. Tenía ojeras, la piel muy blanca, escribía furiosamente en un cuaderno empastado en piel, sorbía su café y juzgaba al mundo al mismo tiempo.
Me le acerqué con la tierra sobre mis zapatos, como se acerca una a los sueños perdidos. Me tomó por lo que soy: una burócrata de medio pelo. Claro, él era un intelectual ídem de ídem, pero qué le hago yo a mis gustos. Comenzamos a hablar sobre nuestras respectivas vidas, tarde con tarde, sospecho que por mera condescendencia de su parte.
Supe de tí.
Cuando me besaste, dejaste escapar una risilla tonta antes de dejarme clavado en el madero infame de ser tu amigo. Porque fue sólo un beso, unos labios tenues como polillas ebrias mojados en tu saliva, un aliento tibio, unos dientes pequeños y crueles que quebraron lo que me quedaba de seguridad frente a tus coqueteos.
Y como la mujer de pueblo que soy, me dio por envidiarte. Tenías a este raro hombre adorando las suelas de tus botas de diseñador, y tú tan fresca, con los modos y los vicios que mis padres no me consiguieron. Yo tan terrena y tú tan imposible, mujer.
Me besaste una vez, y me dejaste imaginando lo que sería este mundo si yo no hubiera decidido ser tanto como decidí ser, si tu me hubieras dejado retenerte un poco, si me hubiera atrevido a quitarte la ropa... como tantos, como muchos, como todos. Tú sabes, si hubiera podido a ser uno más.
No digas que lo sientes. Interrúmpeme siempre, animal extraño, rompe mi estabilidad las veces que te dé la gana, porque si quieres, sabes que soy tu amigo y que lo volvería a hacer. Confúndeme, hazme sentir vivo otra vez.
Por supuesto que yo nunca fui tú, que me quedé con mi café de las tardes, con el nudo en la garganta mientras escuchaba impasible su resignación y el inacabable tormento de que no acabaras de devorarlo. Me convertí en la cronista más gris de estos cuentos, donde ni siquiera salió algo bueno de mis noches de añorar lo que no me pasó jamás.
Come on and kill me baby, while you smile like a friend .
Entonces, apareciste tú. Con tu chamarra de reportera y tus gafas de pasta, dispuesta a lograr un amorío sin dar una sola cosa a cambio. Te gustaba dejarte retratar, ese escritor amargo y reconcentrado como planta desértica te convirtió en la musa-verdugo que movía sus dedos sobre la anacrónica máquina de escribir.
Llegabas a mi casa a horas indecentes, porque bien sabes -bien te dejé saber- que no duermo de noche. Entrabas envuelta en una sustancia ilegal, diferente cada vez, la misma junkie ingenua y pretenciosa de siempre. Tan desesperadamente hermosa, tan puta y tan egoísta. Tan borracha. Te abría la puerta con el ceño fruncido, con el corazón reventado de ansiedad y la certeza de que lo harías otra vez: te acabarías mis cigarros, te comerías mi nutella, me contarías del nuevo cabrón que te trajo aquí. Y yo sólo te alcanzaría un vaso más de refresco.
La cámara costosísima que te colgabas del cuello no te hizo nunca fotógrafa, pero tampoco te enteraste.
Me buscabas porque te gustaba el juego perverso de provocarme sabiendo que a las siete de la mañana me acostaría castamente junto a tu cuerpecillo delgado y extrañamente abundante en curvas, que fumaría en silencio sobre tu desayuno de agua mineral y que te haría el mismo gesto apesumbrado de despedida.
Tomábamos el mismo café en las tardes, enfrentados en el silencio del salón vacío. Su gesto dulce y torcido marcaba un círculo de silencio a su alrededor que las miradas de una mujer en tacones no podía quebrar. Así que sólo lo contemplaba, absorto y distante, un amor platónico a horario fijo. Tenía ojeras, la piel muy blanca, escribía furiosamente en un cuaderno empastado en piel, sorbía su café y juzgaba al mundo al mismo tiempo.
Me le acerqué con la tierra sobre mis zapatos, como se acerca una a los sueños perdidos. Me tomó por lo que soy: una burócrata de medio pelo. Claro, él era un intelectual ídem de ídem, pero qué le hago yo a mis gustos. Comenzamos a hablar sobre nuestras respectivas vidas, tarde con tarde, sospecho que por mera condescendencia de su parte.
Supe de tí.
Cuando me besaste, dejaste escapar una risilla tonta antes de dejarme clavado en el madero infame de ser tu amigo. Porque fue sólo un beso, unos labios tenues como polillas ebrias mojados en tu saliva, un aliento tibio, unos dientes pequeños y crueles que quebraron lo que me quedaba de seguridad frente a tus coqueteos.
Y como la mujer de pueblo que soy, me dio por envidiarte. Tenías a este raro hombre adorando las suelas de tus botas de diseñador, y tú tan fresca, con los modos y los vicios que mis padres no me consiguieron. Yo tan terrena y tú tan imposible, mujer.
Me besaste una vez, y me dejaste imaginando lo que sería este mundo si yo no hubiera decidido ser tanto como decidí ser, si tu me hubieras dejado retenerte un poco, si me hubiera atrevido a quitarte la ropa... como tantos, como muchos, como todos. Tú sabes, si hubiera podido a ser uno más.
No digas que lo sientes. Interrúmpeme siempre, animal extraño, rompe mi estabilidad las veces que te dé la gana, porque si quieres, sabes que soy tu amigo y que lo volvería a hacer. Confúndeme, hazme sentir vivo otra vez.
Por supuesto que yo nunca fui tú, que me quedé con mi café de las tardes, con el nudo en la garganta mientras escuchaba impasible su resignación y el inacabable tormento de que no acabaras de devorarlo. Me convertí en la cronista más gris de estos cuentos, donde ni siquiera salió algo bueno de mis noches de añorar lo que no me pasó jamás.
Come on and kill me baby, while you smile like a friend .
