Además, hoy tengo una extraña sensación de desnudez, fruto de venir a trabajar de mezclilla y tenis -unos tenis rojos que tienen más de la sexta parte de mi edad-. La cara lavada, los ojos dormidos y el pelo sucio... como que sin disfraz me siento una completa extraña, una equivocación en este lugar lleno de abogados. Porque, bueno, sea lo que sea y tenga los créditos que tenga, nunca me voy a convencer a mí misma de voltear cuando dicen: ¡licenciada! Más bien me considero mesera con aspiraciones. A veces mesera, a secas.
Es un poco vergonzoso el estado en que me encuentro. No estoy ni cruda como para justificar mi cara de güeva infinita, ni verdaderamente deprimida como para que deba irritarme la actitud positiva de la joven estudiante de leyes que rellena la carencia de su brazo derecho con amabilidad y un extraño perfume con olor a bebé -digo, tiene veinte años-.
Hoy es el día en que quiero alejarme del frío y tenderme en una playa michoacana, con una caguama y un cesto de pescadillas, volverme mesera de un bar en Vallarta, leer puras cosas inútiles y fugarme con una banda de hippies. Hoy es cuando me siento tan yo que me pica, tan culpable por floja, tan feliz por libidinosa.
Ayer alguien me decía que lo verdaderamente terrible de volverse ateo es que te cae el veinte de que, mal dejes de respirar, se acabó el show. Y cuando haces el corolario a los otros es aún peor, porque no importa en cuantas metáforas creas, ya los perdiste. No me cayó el veinte de la muerte, desde luego, pero definitivamente me puso a pensar en la vida... qué larga parece, pero qué pronto se acaba. No hay que desperdiciarla en pendejadas. Chingue su madre, me voy a la playa...
Es un poco vergonzoso el estado en que me encuentro. No estoy ni cruda como para justificar mi cara de güeva infinita, ni verdaderamente deprimida como para que deba irritarme la actitud positiva de la joven estudiante de leyes que rellena la carencia de su brazo derecho con amabilidad y un extraño perfume con olor a bebé -digo, tiene veinte años-.
Hoy es el día en que quiero alejarme del frío y tenderme en una playa michoacana, con una caguama y un cesto de pescadillas, volverme mesera de un bar en Vallarta, leer puras cosas inútiles y fugarme con una banda de hippies. Hoy es cuando me siento tan yo que me pica, tan culpable por floja, tan feliz por libidinosa.
Ayer alguien me decía que lo verdaderamente terrible de volverse ateo es que te cae el veinte de que, mal dejes de respirar, se acabó el show. Y cuando haces el corolario a los otros es aún peor, porque no importa en cuantas metáforas creas, ya los perdiste. No me cayó el veinte de la muerte, desde luego, pero definitivamente me puso a pensar en la vida... qué larga parece, pero qué pronto se acaba. No hay que desperdiciarla en pendejadas. Chingue su madre, me voy a la playa...
2 comentarios:
Esas playas michoacanas son la onda, las visitaré again & again hasta que los oxxos y waltmarts las invadan. Suerte.
ESA ES LA ACTITUD!
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