Poco a poco le fue perdiendo el miedo a ese trabajo. Después de un tiempo, confesaba, tenía una predilección por los habitantes de ese interior, que a fuerza de monocromo beige parecía siempre más colorida que el resto.
Ese día tocaba pasar por Máxima 1, todo el bloque D; eso del trabajo social se metamorfoseaba en un poco de terapia, otro tanto de asesorías académicas y un mucho de interacción indefinida que se atoraba entre cierto amor materno y el mero trabajo. Llamó antes de entrar; casi nunca tenía que mandar localizarlos, ellos habían aprendido esperarla, no todos, claro está, pero sí los suficientes para considerar que su esfuerzo no se desperdiciaba del todo.
El Mil, D-5; segundo de secundaria, rápido progreso, maldita la cosa, querido, porque de aquí a que vuelvas a pisar la calle median más de veinte años. Se asustó al encontrarlo encorvado en su litera, ocultaba algo oscuro entre las palmas enormes, y en ese lugar podía ser siempre lo peor, para qué mentirse. Ella se aclaró la garganta, la forma más sutil que encontró para distraer la mirada del Mil... se sorprendió de encontrarla empapada, y el miedo en su vientre se transformó en ternura súbita. Entre los brazos tatuados y enormes de ese hombre reposaba un gatito negro, minúsculo, una pelusa extrañamente quieta con dos puntitos brillantes a modo de ojos.
-¿De dónde lo sacaste?
- Mire, esos putos del B estaban como pateando algo en la cancha, ya ni maullaba, lo dejaron bien madreado, ya ni chingan los ojetes. Pero está vivo, mire, ya comió un poquito, pero está bien madreado.
Lo sostuve entre las manos. Es hembra, le dije a su humano. Pero sí, está muy lastimada, quién sabe si sobreviva, José. Se me hace que tiene rota esta pata, es raro que no se queje.
-¿Cree que le duela mucho?
- Parece estar sufriendo, es muy pequeña para aguantar tanto. ¿Quieres que me la lleve, al veterinario?
-Ándele, a ver si se compone, pobre gatilla.
El veterinario no se anduvo con rodeos, había daño cerebral, un dolor probablemente insoportable. Dormirla, dijo. Un golpe de negación le dio de lleno en el vientre, pero no podía ser de otra manera. Durmió a la gata...
Yo no sabía qué inventar el jueves que tocó ir de nuevo al bloque D. El Mil me esperaba, y yo con esta mierda de ser el santaclos de las noticias jodidas. No me digan que el hecho de matar a tres sujetos a punta de AK47 cancela los sentimientos del ente que sostuvo el arma, o su importancia. Nadie de ustedes vió los ojos llorosos del Mil, ni su mueca sin aire cuando le dije el diagnóstico de Helen, el nombre que José tenía preparado para su gata. (Por eso del daño cerebral que me dijo, ya sabe, esta señora, Helen Keller. )
Pasó su mano por la espalda tensa y musculada del otro.
-Estaba sufriendo mucho, se hizo lo que se pudo.
Pero me sentí asquerosa, evidentemente yo no entendía nada del dolor de este hombre-niño, evidentemente yo creía -como todos los otros hipócritas de afuera- que los asesinos tenían prohibido el acceso a la pena, que nosotros somos los buenos, y ellos los malos, que una pared y una sentencia y un uniforme te pasan a otra categoría de ser humano, que un acto te define, y yo, tan pinche redentora, durmiendo bien, y el pinche sistema devorando gente, y yo con mis mamadas sociológicas cuando lo único que debiera importar era este hombre conteniendo el llanto, o no sé, si puedas decirle adulto a un ser de veintidós años, atrincherado entre sus tatuajes y su pasado, puta madre, yo no entiendo nada, y sintiéndome tan buena, qué asco, dios mío, tu no amas a pinche nadie, no es posible, no eres posible, vete a la mierda, qué asco...
- Como que me duele la cabeza ¿podemos ver lo de los ejercicios la otra semana?
- Sí, nada más no se te vaya olvidar, ¿te consigo algo de enfermería?
- No, déjelo, ahorita se me pasa. Estee..gracias, bueno, ahi la vemos.
Oh Señor, con qué bella y refinada crueldad haces sufrir a tus criaturas.