sábado, 25 de septiembre de 2010

No extraño a mi vida anterior. Aunque, a fuerza de espiar a otros, he dado a la conclusión de que la felicidad diluye las pasiones y una queda mirando tranquilamente a la ventana, como una dulce loca sedada.

Luego, vienen esos tiernos bebés rosados que, estamos seguros, sabremos criar mejor de lo que nos criaron. Desde que son concebidos, nosotros, los frutos de las equivocaciones ochenteras, les pensamos una vida lejos de la vergüenza y los secretos terribles que nos empujaron a los abismos.

Así, nos sumergimos en los vaivenes de sus estómagos y sus encías, como nuestras madres hicieron hace tiempo. También se empieza a acortar el dinero y las horas se parecen unas a otras de maneras imposibles. Ganamos peso y empezamos a ser la que nos mandó a la escuela, en un afán desesperado de ser distinta a ella. Pensamos en el futuro con cierta prisa y algo de pesimismo, para abandonar las ganas de señalarle al mundo que una sigue aquí, respirando, agriamente, todos los días.

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