Diosito me va a castigar si sigo viendo pendejadas en internet en vez de ponerme a trabajar.
Qué error de mi jefe asegurarme que ya no me quiere correr...
miércoles, 25 de noviembre de 2009
jueves, 12 de noviembre de 2009
Dolores
Probablemente hubiera toda suerte de presagios negativos en ese nombre. Cuando llegó a los dieciséis años, se había construido una identidad basada en sus desgracias.
Las había mayores (quedarse embarazada y en la calle a los quince), relativas (parir una niña) y cotidianas (la lata de cereal había subido casi al doble). Hubo hombres, noches, drogas, vírgenes y santos, miedos.
Ya que se fabricó una vida más o menos estándar, un día descubrió que estaba sentada en la consulta de un psicólogo bonachón, que la encomiaba a sonreír ante su vida. Lo había logrado y le pedía, simplemente, permitirse aceptarlo. Podía hacer una lista: consiguió trabajo, hogar y educación, sin que la criatura que arrojó al mundo hubiese sufrido demasiados percances al respecto.
¿Y qué? Tantas batallas la dejaron sin sentido. Su felicidad tenía el regusto amargo de cada noche en vela, sintiéndose sola, putamente sola, con llantos y fiebres como cualquier drama, nada que no cupiera en su imaginación maltratada.
Eso era ella: una guerrera. La música que le gustaba, los valores que la sostenían, todo ello daba por sentado heridas, dificultades, esfuerzos de mito griego. Ahora, sin enemigos qué abatir, sus propios chistes ácidos carecían de alma. Le pedían que bajara la espada, pero como todo soldado envejecido, a sus veintiocho años no conocía más forma de vivir que tener la guardia en alto.
Hay mujeres así, lo fácil no les va. Les aprieta como pantalones doble cero. No es una suerte de masoquismo, es más bien que no todo mundo puede andar por la vida repartiendo caritas felices y lacitos rosados.
El terapeuta se desesperó ante su silencio -un poco, lo suficiente para aún poder cobrar la consulta- y le dijo que tenía que ser capaz de aceptarse feliz.
Feliz. Feliz es una palabra tan hueca, suena como a gente que le pagaron la universidad y aún así se hacía a la vagancia. Ella era feliz, a su modo oscuro, con los demonios que de cuando en cuando todavía la hacían llorar.
Feliz era olvidar, en cierta forma, cómo había atravesado el infierno y vivido para contarlo. Feliz era normal, regordete, tolerante. Habría tenido que nacer de nuevo, llamarse Claudia o Patricia o Graciela, tener la barriguita llena y una madre dulce. Tendría que hacerse toda otra vez, dejarse caer y confiar.
Todo esto era demasiado complejo para compartírselo a un extraño que escucha por hora, así que pagó la consulta y salió a vivir su vida. Lloró un poco, pero supo que así estaba bien.
jueves, 8 de octubre de 2009
Para mí escribir siempre ha sido cosa de impulsos vergonzantes. No compartiré la bochornosa historia infantil que originó semejante concepción, pero que ahí quede. El proceso de vaciar mi cabeza en papel involucra, en casi todas las ocasiones, un sentimiento de culpa parecido al que inculcan los curas sobre la masturbación.
Ahora siento un impulso tremendo de decir, pero no sólo ahora, sino continuar con el parloteo hasta que se me seque el cerebro y tenga que acostarme a esperar a los gusanos.
Tal vez tienes razón y disfrazo mi megalomanía con la baja autoestima... amo el sonido de mi propia voz...
viernes, 18 de septiembre de 2009
Oye mija, hija mía, mi jabón de olor....
Terminé de hacerme rara en un conjunto habitacional del Infiernoavit. Fue por ahí de los catorce que me dejé empujar al mundo real, en una colonia marginada, en la orilla de una ciudad industrial y desconocida.
Nunca había andado en camión, me perdía a cada rato, sufría mucho porque nunca había trabajado para mantenerme (no se confundan: esta no es la historia de Anita la Huerfanita con rock urbano de fondo) y aprendí un montón de cosas que eran clasificación C.
Era chistoso, porque no sería una heroína de musical de Broadway, pero sí la hubiera hecho para Oliver Twist. Aún así iba a la prepa, me besuqueaba con mi novio y le ocultaba mi realidad de niña empacadora de Walmart, porque me daba vergüenza que supiera que yo tenía que ganar pa' mis chicles (y mis camiones, mis tareas, mis comidas).
Sergio también tenía sus secretos: su hogar era la casa chica en una colonia perdida de un pocho a quien veía una vez cada tres años. Él decía que vivía en Balcones (barrio de clase media alta en San Luis Potosí donde nadie conoce el Infonavit) y que le iban a regalar un auto en cuanto cumpliera diecisiete. Que su papá era químico y que cada diciembre lo llevaban a Laredo a surtirse de ropa. Estaba obsesionado con las marcas y no usaba nada que no tuviera una palomota o un cocodrilo bien visible.
Nomás por eso se dedicó a señalarme los defectos durante cosa de año y medio, porque eso sí, la colonia donde yo vivía me hizo bien correosa, con harto rock urbano de fondo (bueno, mentí con eso del fondo musical, pero aún viven mis señores padres) y dos tres hábitos de presidiario. Compraba mi ropa en las Vías, comía cuando podía y adoraba a un individuo que se hacía llamar el Mastuerzo. Sí, yo era la encarnación de todos sus complejos.
El Mastuerzo no era un pandillero de mi cuadra. Era un ex Botellita de Jerez que grabó un demo que anduvo rodando mucho por esos lugares, después de varios universitarios, obreros y otra gente jodida. Mi hermano mayor me grabó un casette, y se volvió parte de mi vida como todo aquello que le gustara a él. Me gustaba pensar que había música hecha por alguien que conocía las mismas cosas que yo, que hablara de perros muertos, de presos, de hambre, de putas, de pasiones urgentes y baratas, y que aún así pudiera hablar de amor.
Pasé tres años de mi vida en ese conjunto habitacional. Nunca me asaltaron ( una vez sí me pidieron para un toque, pero yo no traía), entré a estudiar leyes, me cambié de casa, me hice medio decente. Me quedaron los gustos de pandillero y la boca de camionero urbano. Me hice más decente (entré a trabajar a un despacho), me hice bien borracha, me di el lujo de tener una crisis de identidad y terminé viviendo en Guanajuato.
Me olvidé de la niña empacadora, de sus botas de obrero, de sus gustos de pandillero. Quise hacerme intelectual. Pero me ganó el hambre, trabajé de mesera, terminé estudiando derecho otra vez, y quedé siendo un trailero que lee a Günter Grass, es medio jipi, usa falda con tacones , sabe de impuestos y apela a su pandillero interno para insultar manolargas en el camión. Para colmo también me gustaba Shakira y renegué de ella a su debido tiempo. De hecho, leí el respectivo post de Tania y me conmovió tanto que me dio verborrea, por eso la confesión gratuita de mis orígenes obreros.
Vale madres. La niña del Mastuerzo se merece su homenaje. No sé cómo, pero me dio de comer hace ya diez años.
Nunca había andado en camión, me perdía a cada rato, sufría mucho porque nunca había trabajado para mantenerme (no se confundan: esta no es la historia de Anita la Huerfanita con rock urbano de fondo) y aprendí un montón de cosas que eran clasificación C.
Era chistoso, porque no sería una heroína de musical de Broadway, pero sí la hubiera hecho para Oliver Twist. Aún así iba a la prepa, me besuqueaba con mi novio y le ocultaba mi realidad de niña empacadora de Walmart, porque me daba vergüenza que supiera que yo tenía que ganar pa' mis chicles (y mis camiones, mis tareas, mis comidas).
Sergio también tenía sus secretos: su hogar era la casa chica en una colonia perdida de un pocho a quien veía una vez cada tres años. Él decía que vivía en Balcones (barrio de clase media alta en San Luis Potosí donde nadie conoce el Infonavit) y que le iban a regalar un auto en cuanto cumpliera diecisiete. Que su papá era químico y que cada diciembre lo llevaban a Laredo a surtirse de ropa. Estaba obsesionado con las marcas y no usaba nada que no tuviera una palomota o un cocodrilo bien visible.
Nomás por eso se dedicó a señalarme los defectos durante cosa de año y medio, porque eso sí, la colonia donde yo vivía me hizo bien correosa, con harto rock urbano de fondo (bueno, mentí con eso del fondo musical, pero aún viven mis señores padres) y dos tres hábitos de presidiario. Compraba mi ropa en las Vías, comía cuando podía y adoraba a un individuo que se hacía llamar el Mastuerzo. Sí, yo era la encarnación de todos sus complejos.
El Mastuerzo no era un pandillero de mi cuadra. Era un ex Botellita de Jerez que grabó un demo que anduvo rodando mucho por esos lugares, después de varios universitarios, obreros y otra gente jodida. Mi hermano mayor me grabó un casette, y se volvió parte de mi vida como todo aquello que le gustara a él. Me gustaba pensar que había música hecha por alguien que conocía las mismas cosas que yo, que hablara de perros muertos, de presos, de hambre, de putas, de pasiones urgentes y baratas, y que aún así pudiera hablar de amor.
Pasé tres años de mi vida en ese conjunto habitacional. Nunca me asaltaron ( una vez sí me pidieron para un toque, pero yo no traía), entré a estudiar leyes, me cambié de casa, me hice medio decente. Me quedaron los gustos de pandillero y la boca de camionero urbano. Me hice más decente (entré a trabajar a un despacho), me hice bien borracha, me di el lujo de tener una crisis de identidad y terminé viviendo en Guanajuato.
Me olvidé de la niña empacadora, de sus botas de obrero, de sus gustos de pandillero. Quise hacerme intelectual. Pero me ganó el hambre, trabajé de mesera, terminé estudiando derecho otra vez, y quedé siendo un trailero que lee a Günter Grass, es medio jipi, usa falda con tacones , sabe de impuestos y apela a su pandillero interno para insultar manolargas en el camión. Para colmo también me gustaba Shakira y renegué de ella a su debido tiempo. De hecho, leí el respectivo post de Tania y me conmovió tanto que me dio verborrea, por eso la confesión gratuita de mis orígenes obreros.
Vale madres. La niña del Mastuerzo se merece su homenaje. No sé cómo, pero me dio de comer hace ya diez años.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Anuncio esquizofrénico al vacío
Empiezo de veras. Con la tesis. O mejor dicho, empieza la señorita que diario se entacona y se perfuma para ir a chambear. Empezamos, porque la pobre desde que es burócrata piensa lo mismo que un pepino y justo ahora preferiría estar leyendo la Cosmo.
Yo no le ayudo en nada. Estoy aquí metida, imaginando cosas más divertidas, con ganas urgentes de algo decadente que me entretenga. Pero se la tendré que escribir, si no me dejará con las ganas de esos libros que me tiene sin leer, porque "no tiene tiempo", la muy perra. Si la he visto pintarse las pinches uñas de los pies de rosa, cuando bien podría dejarme terminar La Ratesa.
Sí, debo trabajar por ella, no sea que luego quiera dejar de mantenerme...
(por primera vez en la vida, me parece, terminaremos algo juntas... prometo no meterle el pie esta vez)
Yo no le ayudo en nada. Estoy aquí metida, imaginando cosas más divertidas, con ganas urgentes de algo decadente que me entretenga. Pero se la tendré que escribir, si no me dejará con las ganas de esos libros que me tiene sin leer, porque "no tiene tiempo", la muy perra. Si la he visto pintarse las pinches uñas de los pies de rosa, cuando bien podría dejarme terminar La Ratesa.
Sí, debo trabajar por ella, no sea que luego quiera dejar de mantenerme...
(por primera vez en la vida, me parece, terminaremos algo juntas... prometo no meterle el pie esta vez)
sábado, 5 de septiembre de 2009
Misceláneos
- Sí, el gobierno me paga cien pesotes la hora por lo que hago. No, no me da pena invertir media hora de esas en escuchar las penas amorosas de la secre del jefe (en una de esas evito un ataque psicótico con miras a desaparecer todo el edificio). Nota pa' quien lea esto: es lo que me pagan cuando me contratan. Normalmente trabajo de a gratis dos de tres meses... Y sí, ando bien bruja ahorita.
- Creo que soy 79% lesbiana.
- Estoy segura que cualquier hombre que lea el punto anterior compartirá mi preferencia (sí, las mujeres huelen mejor, lo cual, de hecho, es la razón preponderante de mi desviación. Por lo demás, todos los seres humanos son unos hijos de la chingada).
- Me gusta la luna llena, pero me pone muy loca. Este es el post más inútil de mis insomnios.
- Me escribió hoy. Me dijo cuánto piensa en mí todavía, me contó de sus líos con las mujeres que ahora lo tienen anhelante de carne y de amor. Extraña filia para mi amigo gay, debo decir.
- Me gusta la humanidad. La odio. Me asquea. La adoro. Creo que mi gata va a comenzar a hablar de un momento a otro.
Los locos escriben poesía. Es más sonido que idea, más imagen que palabras. Si no fuera tan mala, escribiría un poema.
Hay luna llena y no he salido a aullar.
martes, 11 de agosto de 2009
Supongo que la razón por la que recomiendan a los depresivos adoptar un gato es que así uno tiene un testigo fiable para llorar.
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