jueves, 17 de octubre de 2013

¿¡Cómo puedes tener tan buen gusto en música y tan pésimo gusto en viejas?! Carajo, y yo sintiéndome acá bien especial.
Perdona por el stalking. Pero, si declaras que el amor de tu vida es una persona que públicamente declara ser fan de los productos de Mary Kay, el problema, claramente soy yo, por no dedicarme a la venta por catálogo en mis ratos libres. My bad.
Si hubiera una poética de mi vida, no tendría que ver con los ganadores. Al menos no en lo sentimental, porque en todo lo demás he sabido hacer lo que me viene en gana.

Yo siempre pierdo. A mí me han roto el corazón desde que me enamoré de Miguel Ángel en la primaria y soñaba con una repentina declaración de amor desde los seis hasta los doce años. En balde, desde luego, porque yo sospechaba que a Miguel Ángel le gustaban las niñas con el partido derechito y el pelo lacio. Sospechaba bien. Mis rizos indómitos y alocados, que para las doce del día ya habían roto con la opresión de la trenza, no parecían compatibles con la imagen de una niña bien portada, dulce y agradable, que no tuviera las manos demasiado grandes y toscas para su reducida estatura.

En el momento mismo de mi creación, fusión de adeenes, se perdió la información para coquetear. A cambio, me dieron una memoria casi eidética, que he ido minando a base de alcohol y determinación, una cabeza para entender de derecho fiscal y llorar con poemas de Benedetti y unos genes caribeños que nomás salen cuando estoy borracha. A los hombres los perdí desde que fui yo misma, porque encima me criaron con 5 varones que aprendí a ver como mis semejantes, no como títeres manipulables o posibles proveedores de caprichos.

Mi desgracia fue pensarlos como personas. Sigo creyendo que lo son, pero que no buscan personas, sino mujeres, y yo no soy mujer, nomás soy yo. No entiendo las sutilezas del control o del chantaje, no sé cómo negar cuando me muero por dar y se me nota a tres kilómetros cuando alguien me agrada. Tal vez porque la humanidad me incomoda tanto en lo general, que cuando uno de ellos me parece tolerable o más extrañamente aún, deseable, es imposible no darse cuenta de que bajé el puente levadizo.


Y a lo mejor por eso, cuando quiero, quiero de veras y no me ando con pichicateces. Si yo te quiero, me tienes toda, en las buenas, las malas y las peores, a 9000 kilómetros, enfrente, no importa. Yo estaré por ahí, pensando en cómo hacerte feliz, en qué puedes desear de cumpleaños con ocho meses de anticipación. Suena demasiado, pero así soy. A nadie le ha alcanzado, por cierto. Mi amor más salvaje despierta una simpatía irritante, en muchos de los casos. En tu caso, pa' pronto, porque igual mi ex marido fue otra cosa.

Todas las cosas buenas que me han dicho que tengo (simpatía, inteligencia, buen humor, ternura, etc) parecen una broma en comparación con la manipulación vil y barata de cualquier coatlicue. Porque estoy ahí, dando, pidiendo poco, esperando quién sabe qué.

Y ¿sabes qué? No quiero cambiar. No pienso hacerlo. No voy a mercantilizar mi capacidad de querer y cotizar en bolsa, porque de todas las cosas en el mundo el amor sigue siendo lo único que no se gasta con las revolcadas. Yo no sé si todo esto es un espejismo creado a base de mi baja autoestima, pero me niego a creer que amé tanto a alguien nada más porque no puedo amarme a mí misma. 

Para mí tú fuiste the one and only. Yo, para ti, una compañía intercambiable y sustituible por la fan en curso. Vale. Y a ver cuándo alguien en la vida, te vuelven a querer tanto. Más concreto: a ver cuándo una mujer tan lista, vuelve a quedar como pendeja contigo.



...a final de cuentas, sí, la vida es más linda cuando estás y me miras y me haces reír y me humedeces de lejos. Por eso te quiero. Pero nada es tan simple y mi querer es algo que se queda solo, te mira de lejos. Ahora más lejos, porque yo así quise y tú no me dijiste que me quedara. Nomás no basta, yo sé que no y por eso no cruzo la puerta, porque ya no tengo el discurso fácil ni el disimulo. Ya sólo queda esperar a que la calma no sea mentira y nos encontremos otra vez, sin cuchillos ocultos y sepamos que las astillas de la colisión se las llevó el viento. Que yo sepa, sobre todo, darte solamente lo que tú me has dado. Nada más.
Si parto desde cero, podré hablar de mi parálisis para escribir. Necesito escribir. La tesis, este blog, mi novela, mis cuentos. Los últimos más inciertos, pero tal vez más necesarios. También quiero terminar la tesis, es cierto, porque de ahí a lo mejor comemos todos.

Me gusta Cerati, justo ahora. Siempre es hoy. Luminoso, amarillo, sin delirios. Posible. Carajo. Llevo un año debatiéndome con lo imposible. Más, quizá. Un poco más. Cada cierto tiempo me revelo una verdad. Hoy ha sido: me equivoqué contigo. Pensé. Creí. Cosas tuyas y mías, igual de revueltas, igual de insensatas. Quizá te pueda querer en abonos, pero me siento como un pájaro mojado en la lluvia cada vez que te desapareces. Te he querido sin reparos, sin peros. Tú me has querido a veces, y no tanto, para ser precisos. Porque te vas siempre y me dejas ambicionar, no me detienes. Hasta que un día llega en que de pronto necesito que seas y no estás, estás soñando con princesas improbables, imágenes que construiste sin mi, antes de mí, durante mi ingrávida presencia. Y yo pensando, no sé... que podía seguir, que las cosas eran suficientes como estaban, que un día te ibas a dar cuenta de que seríamos mejor de lo que tú crees que podría ser.

Me quedé atravesada. Me duró la tristeza de no decidir nunca. Tengo ganas de hacer las maletas, de no buscarte más. Muy en concreto, de dejar de anidar contigo en esas tardes que le das al olvido. Te dejo. Mil veces te dejo. La incertidumbre me quema, me entristece y luego soy alguien que no puede decir ni lo esencial, ni lo aburrido, porque estoy demasiado abrumada, preguntándome, cómo es que no me quieres si podríamos querernos tanto.

Ya lo he dicho. No has respondido gran cosa. Que seremos lo que yo quiera, que ya lo sabía yo. Ajá. Te lavaste las manos pues, como a quien le quitan un platito adicional de dip de queso. No es ninguna tragedia. Tú tenías ya todo lo que podías querer, y en una de esas te embarrabas por el queso extra. A ti qué chingaos, pues.

No esperaba una escena, es verdad. Tampoco te pedí un último abrazo, como las otras veces. Todo lo que quería es que te fueras de mi único espacio en cuanto acabaras tu comida. Me mata. Empezar a extrañarte y saber que los chistes ya no serán tuyos, que ya no quiero esperarte nunca. Que tarde o temprano voy a encontrarme frente al espejo y me voy a desconocer, porque de alguna manera te llevo. Te llevo siempre, como el taxista. Pinche súper modelo ¿qué te importa? Es eso. No te importa cuánto te quise, cuánto te quiero, que yo hubiera volado al fin del mundo si tú me dijeras que me extrañas. Que me necesitas de algún modo, ahí contigo.

No te importa, tú lo sabes y yo lo sé. ¿Para qué andarnos con cuentos?

En el peor de los casos yo seré como un bien fungible. En el mejor, me extrañarás un poco. Nada de eso me sirve. Nada de eso, si me permites opinar, nos sirve.



martes, 10 de septiembre de 2013

Retorno a lo puro.

Este lugar es -lo he dicho antes- santuario, casa, dormitorio, motel. Sobre todo cuando estás alrededor y existen esas complicidades, delicadas como burbujas de jabón, que hacen coincidir nuestras miradas y alientan un efímero "nosotros", que muere cada día y se construye otra vez, de cenizas vacilantes. Y nunca sé si mañana encontraré tus ojos cálidos, dispuestos. O si mañana, por fin, sea el día en que de verdad comience a perderte y tenga que dejarte ir, hacia una vida sin lado B, en la que por fin te conviertas en el hombre que ella te pide que seas.

La verdad es que yo te pierdo, porque soy quien más desea tenerte. Yo me quedo sin ti, como quien se queda sin aire, languideciendo poco a poco, con este amor luminoso que ni tú ni to nos merecemos y que traigo adentro como una criatura, nutriéndose de mi centro.

Odio que me hablen de ti, de tus secretos. Porque esa figura tuya de los relatos ajenos no se parece en nada a la parte de ti que se conjuga conmigo y de pronto suelta una verdad como una pena y una eterna contradicción... hoy no vendrás y este lugar me consuela, porque sin ti se vuelve un silencio limpio que no me pide explicaciones por las lágrimas, las vacilaciones, los suspiros. Que de pronto es lo que es, un sitio para escribir las soluciones por las que me pagan.

Qué adorable es celebrar tu ausencia. Como un velorio con fuegos artificiales.

viernes, 6 de septiembre de 2013

¿Sabes una cosa? Me está gustando esto del "no sé".