A lo mejor no me entero nunca si mis creencias sobre vos se parecen un poco a lo que eres. Porque, bueno, tampoco sé muy bien si lo que creo sobre mí misma se parece a lo que deambula por el mundo con mi nombre. Saber-saber, no lo sabré nunca. Escribiré en círculos sobre mi elemental y opresiva ignorancia, guiada por un instinto aparentemente suicida.
No puedo contarte nada nuevo. Puedo hablarte sobre hilos de sangre, y mi brazo con sus lunares profundamente solos.
El mundo, que yo sepa, sigue girando. Yo no te suelto. Por necedad, por principios, por lealtad a esto que vive alimentado de mi irracionalidad más profunda. Principalmente, por que no me da la gana. Porque esto es mío, más mío que nada en el mundo, tanto como mis ojos, mis dedos de los pies, mis manos. Y porque no es asunto de nadie si yo te quiero y tú te dejas querer de vez en cuando.
lunes, 2 de septiembre de 2013
miércoles, 31 de julio de 2013
lunes, 22 de julio de 2013
Cómo no ser adicta a ti, si eres tan incierto como amanecer mañana...
Si toda interacción tuya y mía está sombreada de final y precipicio...
La invisible cuerda que nos une, es gozarte un instante y sufrirte al siguiente, decirte adiós en un parasiempre que dura hasta que rompes el silencio y vuelves a irrumpir en mi vida, con tu perversa ingenuidad.
Puedo levantar este amor desde las cenizas cada fin de semana, construirte un mundo y prenderle fuego cuando tus gestos se vuelven ajenos de nuevo.
Así me has hecho quererte, irremediable, desesperanzado. Así te prefiero ahora, así te vivo, te como, te sueño. Lejos, pegado a mi piel, mirando a través de mis ojos lo que no vamos a vivir los dos.
Tú me enseñaste que siempre y nunca es una misma cosa.
Si toda interacción tuya y mía está sombreada de final y precipicio...
La invisible cuerda que nos une, es gozarte un instante y sufrirte al siguiente, decirte adiós en un parasiempre que dura hasta que rompes el silencio y vuelves a irrumpir en mi vida, con tu perversa ingenuidad.
Puedo levantar este amor desde las cenizas cada fin de semana, construirte un mundo y prenderle fuego cuando tus gestos se vuelven ajenos de nuevo.
Así me has hecho quererte, irremediable, desesperanzado. Así te prefiero ahora, así te vivo, te como, te sueño. Lejos, pegado a mi piel, mirando a través de mis ojos lo que no vamos a vivir los dos.
Tú me enseñaste que siempre y nunca es una misma cosa.
jueves, 11 de julio de 2013
Más puede un par de tetas...
Tuve un problema con ellos desde que supe que tenía qué esperarlos. Mis senos. Mi pubertad pasó con todos sus achaques sin que yo viera clara su presencia. Se resistían a ocupar un lugar en el corpiño que mi madre decidió que debía usar y las tardes de mis obsesiones se arremolinaban en torno a ese vacío. La historia de mi sexualidad, equívoca y llena de dudas (como, quiero asumir, es la de todos los seres que transitamos por mutaciones adolescentes) estuvo marcada por su casi imperceptible existencia.
Construí mi feminismo personal basada, en parte, en que la feminidad iba más allá de una copa C (ya ni soñar la D) y que la belleza está en todos lados, en todos los cuerpos, todas las posibilidades. Eso me llevó a extraños vericuetos eróticos que oscilaban entre el hedonismo y la casta pureza, a cerrar los ojos y buscar el placer, porque al abrirlos, los vientres abultados se tornaban atractivos, no había un molde al que debiera ajustarse una pierna, un ombligo, para poder ser lamido con adoración. Por lo mismo, un rostro excesivamente simétrico o un abdomen modelado en gimnasio no garantizaban goce alguno.
Ese convencimiento, creado a fuerza de mi imposibilidad de procurarme implantes para olvidar mis inseguridades -de la misma forma que habría servido una cirugía de nariz- llegó a ser tan constante que, ahora que se me olvida cuando me pagan, porque nunca gasto todo mi dinero, ahora que podría intentar sanar todas mis inseguridades -nariz, senos, panza- descubro que hace mucho las olvidé. Me da igual si tengo que sacarme la ropa a plena luz o en la oscuridad. No me gusta la celulitis -siempre al acecho en los probadores- pero la olvido fácilmente. Últimamente estoy más preocupada por saber cómo arreglar el mundo que por tener escote hipnotizante.
El sexo ya no es fácil, porque pienso más y la piel se me ha llenado de dudas. Es más complicado llegar ahí, pero cada vez vale la pena, en este año marcado por un enamoramiento muy a la antigua, terriblemente fiel, que se ahoga en una pasión que hace estallar mis sentidos, que ignora sutilezas y me deja convencida de que eso y no otra cosa es lo que yo quiero al hacer el amor, con ese hombre o cualquier otro.
Con tanta tranquilidad es difícil no juzgar a otra mujer que decide renunciar a diez años de terapia y ponerse senos, para algo tan simple como volverse a desnudar frente a otro, sin miedo. Adecuarse a esa idea que no sé si es suya, de la sociedad o de Mattel. Titubeo ante la afirmación tajante por una sola cosa. Humanidad, creo. En toda su disfuncionalidad gloriosa. Con senos nuevos, por qué no, sin panza, con panza, desnuda, en Chanel y en ropa reciclada, abajo de un puente, en la cama de un hotel de cinco estrellas, en una iglesia.
Mi propio estándar de benedicencia se quedaría seco y aburrido si todos lo abrazaran. Que haya pasión errores, escotes, suicidios, depresiones. Deseo, perversiones, dudas. Que haya vida, pues.
Construí mi feminismo personal basada, en parte, en que la feminidad iba más allá de una copa C (ya ni soñar la D) y que la belleza está en todos lados, en todos los cuerpos, todas las posibilidades. Eso me llevó a extraños vericuetos eróticos que oscilaban entre el hedonismo y la casta pureza, a cerrar los ojos y buscar el placer, porque al abrirlos, los vientres abultados se tornaban atractivos, no había un molde al que debiera ajustarse una pierna, un ombligo, para poder ser lamido con adoración. Por lo mismo, un rostro excesivamente simétrico o un abdomen modelado en gimnasio no garantizaban goce alguno.
Ese convencimiento, creado a fuerza de mi imposibilidad de procurarme implantes para olvidar mis inseguridades -de la misma forma que habría servido una cirugía de nariz- llegó a ser tan constante que, ahora que se me olvida cuando me pagan, porque nunca gasto todo mi dinero, ahora que podría intentar sanar todas mis inseguridades -nariz, senos, panza- descubro que hace mucho las olvidé. Me da igual si tengo que sacarme la ropa a plena luz o en la oscuridad. No me gusta la celulitis -siempre al acecho en los probadores- pero la olvido fácilmente. Últimamente estoy más preocupada por saber cómo arreglar el mundo que por tener escote hipnotizante.
El sexo ya no es fácil, porque pienso más y la piel se me ha llenado de dudas. Es más complicado llegar ahí, pero cada vez vale la pena, en este año marcado por un enamoramiento muy a la antigua, terriblemente fiel, que se ahoga en una pasión que hace estallar mis sentidos, que ignora sutilezas y me deja convencida de que eso y no otra cosa es lo que yo quiero al hacer el amor, con ese hombre o cualquier otro.
Con tanta tranquilidad es difícil no juzgar a otra mujer que decide renunciar a diez años de terapia y ponerse senos, para algo tan simple como volverse a desnudar frente a otro, sin miedo. Adecuarse a esa idea que no sé si es suya, de la sociedad o de Mattel. Titubeo ante la afirmación tajante por una sola cosa. Humanidad, creo. En toda su disfuncionalidad gloriosa. Con senos nuevos, por qué no, sin panza, con panza, desnuda, en Chanel y en ropa reciclada, abajo de un puente, en la cama de un hotel de cinco estrellas, en una iglesia.
Mi propio estándar de benedicencia se quedaría seco y aburrido si todos lo abrazaran. Que haya pasión errores, escotes, suicidios, depresiones. Deseo, perversiones, dudas. Que haya vida, pues.
martes, 14 de mayo de 2013
Hay que ser masoquista para no soltarte...tiempo, tiempo y sigues siendo un clavo ardiente. El vacío me tienta, con su cálido olvido.
Supongo que habrás de borrarte, querido lobo, la gala de oveja no alcanza para esconder tus garras, mis heridas. No esperes justicia de mí. Sólo me queda el rencor para salvarme de sufrirte.
Supongo que habrás de borrarte, querido lobo, la gala de oveja no alcanza para esconder tus garras, mis heridas. No esperes justicia de mí. Sólo me queda el rencor para salvarme de sufrirte.
sábado, 16 de marzo de 2013
Nico:
Cómo nos vas a hacer falta, bebé. Hasta cuando no sepamos que nos haces falta, cuando naveguemos por esta vida sin tu valentía y sin darnos cuenta del regalo de respirar. Todo se quedó en el aire, el pecho de tu mamá sigue llamándote, el corazón de tu padre, los brazos de tus tíos, las agujas de tejer de tu abuela, el gesto adusto y complacido de tu abuelo, se quedaron vacíos y en suspenso para siempre.
Las manos de tu papá te abarcaban completo, y era tan raro, ¿sabes? porque toda la esperanza de una familia cabía en uno de tus deditos. Mi luna y mis estrellas, Nicolás, pedacito de vida, cómo te soñamos, Nicolás. Mi arriba y abajo, hijo de mi hermano, hijo de todos los que te esperamos para quererte como a nadie, como a uno de nosotros.
Nos encontramos en la irrealidad de tu despedida, de tus mejillas perfectas con la sombra de la ausencia. Tú ya estabas no sé en dónde, pero muy lejos, Nicolás, cuando me acerqué a tu caja blanca sin más adornos, porque así lo quiso tu padre, porque quiso que viera lo perfecto que eras antes de que lo último de ti quedara en el frío.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.
lunes, 11 de febrero de 2013
Mi dulce elefante duerme ahora con los peces...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)